Categoría: Libros

  • De tiranos y autocensura

    De tiranos y autocensura

    Estamos viviendo en una sociedad en la que predominan los tiranos, tiranos que agreden y censuran a cualquiera que no opine como ellos y no cumpla su agenda política. Cualquier individuo que cuestiona o disiente es linchado por las masas, por lo que muchos cansados de estas peleas infructuosas y sin sentido, han decidido autocensurarse.  Y esto último lo veo como algo terrible, como un cáncer para nuestra sociedad, una sociedad es libre cuando los individuos pueden expresar libremente sus opiniones y sin temor a hacerlo.

    Antes, el temor era al estado, ese “ser supremo” que no acepta la crítica, aunque no nos engañemos, Nicaragua y Venezuela son un claro ejemplo de que ese Estado que censura aún está latente. Sin embargo, hoy estamos rodeados de tiranos, la tiranía de las masas, y eso me trajo a la mente el libro «El fin y los medios» (1937), de Aldous Huxley. En este libro, Huxley plantea cómo los individuos son capaces de obtener lo que ellos creen que es lo correcto por medios verdaderamente abominables. La censura es deseada para evitar que opiniones disidentes sean escuchadas por otras personas ya que representan un peligro para estos dogmáticos, pero al hacerlo estamos perdiendo la oportunidad de conocer la realidad de las cosas y Huxley a ese respecto nos dice:

     «No es menos importante enseñarles a los niños a examinar todas las personificaciones, todas las metáforas, todas las abstracciones que encontrasen en los artículos que leyesen o en los discursos que escuchasen. Deben aprender a traducir todas esas palabras desprovistas de contenido en términos que se refieran a la realidad concreta contemporánea».

    Porque sólo así podremos conocer esa realidad concreta contemporánea que nos rodea. La tecnología permite que podamos acceder a todo el conocimiento que queramos y conocer las opiniones de prácticamente cualquier individuo, pero nuestra escala de valores peligra al abrirse a otras ideas. Por lo que la gran mayoría prefiere escuchar solo a aquellos que piensan como ellos o a quienes reafirman sus creencias, esto por lo general lo observamos en las corrientes totalitarias de índole, político, religioso o social, veamos que dice Huxley:

    «Para satisfacer sus ansias de significación y de valores, las gentes se inclinan hacia doctrinas como el nacionalismo, el fascismo, o el comunismo revolucionario. Filosófica y científicamente, estas doctrinas son absurdas, pero para las masas de todas las comunidades tienen este gran mérito: atribuirle todo el significado y el valor que le han sido quitados al mundo como un todo». 

    Estados Unidos es un claro ejemplo, muchos estadounidenses aún no superan la victoria del presidente Trump. Lo culpan por cualquier cosa y creen que está destruyendo a su país, pero olvidan que hay otro grupo de estadounidenses, igual de numeroso, que opina exactamente lo contrario. Esa censura o autocensura, nos hace perder la percepción de esa realidad concreta contemporánea a la que se refiere Huxley, ¡la realidad!

    Y en Guatemala está sucediendo exactamente lo mismo. Estas personas que buscan la censura descubrirán en las urnas nuestra realidad concreta contemporánea y luego nos tocará al resto escuchar los lamentos de quienes no quisieron escuchar las señales a su alrededor. Desconfíen y niéguense a aceptar a cualquiera que pretenda censurar a otro, sea a base de coerción o de insultos, esta persona no busca nuestro bienestar, busca obtener su objetivo y qué mejor forma de lograrlo que en una sociedad que carece de la información necesaria para tomar sus propias decisiones.

    Para terminar y como nota curiosa, Huxley conoció nuestro país, y «en su libro de viajes de 1934 Más allá de la Bahía de México, Aldous Huxley comparó el Lago Atitlán de Guatemala con el Lago de Como en Italia. El cuerpo de agua italiano, escribió, «toca el límite de lo permisivamente pintoresco». Atitlán, sin embargo, «es Como con el embellecimiento adicional de varios volcanes inmensos. Es realmente demasiado bueno»».

    Este artículo de fue publicado originalmente en el diario El Siglo, el 15 de junio de 2018. Puede ver el original acá.

  • Lo mejor de nosotros, lo peor de nosotros

    Lo mejor de nosotros, lo peor de nosotros

    La tragedia que provocó la erupción del Volcán de Fuego propició que diéramos lo mejor y lo peor de nosotros mismos. Comencemos por lo positivo, porque no cabe duda de que el Volcán de Fuego nos trajo mucho más que muerte y destrucción. Para comenzar nos trajo esperanza y hermandad. Esta tragedia sacó a relucir el lado más maravilloso de los de guatemaltecos, una solidaridad absoluta hacia las víctimas de esta terrible catástrofe.

    Los ciudadanos nos dispusimos ayudar a nuestros hermanos, ha sido hermoso y esperanzador ver cómo se han intentado cubrir todas las necesidades de los damnificados, además de alimentos, medicamentos, artículos de limpieza y aseo personal, se ha pensado en todo, terapia y actividades lúdicas para los niños, peluqueros, psicólogos, la lista es interminable. Ya hay personas organizándose para construir viviendas para los afectados. No se puede dejar de sentir orgullo en esta patria que nos vio nacer, en su gente maravillosa. Y no podemos olvidar el trabajo heroico del ejército, de los bomberos, de la policía y demás cuerpos de socorro y de rescate que han trabajado conjuntamente por largas jornadas rescatando a los sobrevivientes, cuidando de los enfermos y buscando a los desaparecidos.

    Es terrible contrastar toda esta bondad con la avaricia, la maldad, la ambición y el oportunismo que también generó esta tragedia. Es vergonzoso como muchos están aprovechándose de la desgracia ajena para cumplir sus fines y agendas políticas, ¿se puede ser más bajo, más vil, más ruin? No es posible que en pos de una tragedia nos tengamos que aguantar la lucha de egos para ver quién brilla más. Los dimes y diretes que van y vienen, la cacería de brujas buscando culpables. Con esto no quiero decir que se exima de responsabilidad a quienes se les encuentre responsables de alguna falta u omisión, pero otra cosa muy distinta es buscar protagonismo y convertir una tragedia en una excusa para dividirnos y buscar un beneficio propio.

    Quiero pensar que es la primera Guatemala la que va a prevalecer, la que nos permite dar lo mejor de nosotros mismos. Por último, deseo compartir con ustedes el inicio del libro «Historia de dos ciudades» de Charles Dickens, que fue publicado por primera vez en 1859, porque sentí que sus palabras eran las más adecuadas para describir el momento que vivimos.

    «Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos, la edad de la sabiduría, y también de la locura; la época de las creencias y de la incredulidad; la era de la luz y de las tinieblas; la primavera de la esperanza y el invierno de la desesperación. Todo lo poseíamos, pero no teníamos nada; caminábamos en derechura al cielo y nos extraviábamos por el camino opuesto. En una palabra, aquella época era tan parecida a la actual, que nuestras más notables autoridades insisten en que, tanto en lo que se refiere al bien como al mal, sólo es aceptable la comparación en grado superlativo.»

    Este artículo de fue publicado originalmente en el diario El Siglo, el 8 de junio de 2018. Puede ver el original acá.

    Si deseas conocer más sobre la vida de Dickens te recomiendo leer, «La mujer invisible».

  • En busca de la objetividad y la verdad

    En busca de la objetividad y la verdad

    En lo que va del año he leído dos libros que me han hecho meditar mucho sobre el tema de la objetividad y la verdad. En ambos casos los autores lograron narrar períodos históricos complicados sin darnos una versión parcializada de los hechos, se limitan a narrar la historia como a cada personaje le tocó vivirla, cada cual, con una visión, una vivencia, un pasado y hasta una idiosincrasia distinta. Uno de ellos es «Los lunes en el Ritz» de la escritora española Nerea Riesco, que narra el inicio de la guerra civil española a través de los empleados y clientes del hotel Ritz de Madrid, y el segundo es «Patria» de Fernando Aramburu, que narra el conflicto entre ETA y el gobierno español a través de dos familias vascas. Lo que Riesco y Aramburu logran son relatos objetivos y humanos que de una forma magistral despolitizan, pero humanizan períodos históricos de alta trascendencia política.

    ¿Se puede hablar verdaderamente de objetividad? Es una pregunta complicada, en principio sí y es algo deseable. Sin embargo, nos encontramos ante el dilema de que por más objetivos de deseemos ser, nuestras emociones, creencias e inclusive vivencias nos harán indudablemente subjetivos. Aún así dentro de esa subjetividad la verdad sólo se hará presente al ser honestos con nosotros mismos y comprender que no somos poseedores de la verdad absoluta. ¿Existe entonces una verdad absoluta? Ese pareciera ser el Santo Grial que buscan todos, poseer esa verdad absoluta sobre los hechos. Sin embargo, para llegar a una aproximación más certera de la verdad, debemos comenzar por la honestidad y tristemente esa es la carencia más grande de quienes buscan politizar la historia en Guatemala.

    Hablemos de un tema que ha salido a la luz, los niños víctimas del conflicto armado. Por ser niños es un tema muy sensible y delicado. La izquierda ha integrado a su agenda política a los cinco mil niños desaparecidos durante el conflicto armado, ellos obviamente culpan de esa desaparición al ejército. Pero, ¿qué sucedió con los niños que la guerrilla reclutó y utilizó durante el conflicto armado?

    https://twitter.com/Guatemula/status/999258309327716352

    Lo menciono porque ha llegado a mis manos el libro titulado “Child Soldiers: From Recruitment to Reintegration”, editato por Alpaslan Özerdem y Sukanya Podder. El capítulo quinto de la Parte II, está dedicado a las «Niñas soldados de Guatemala». Según este, dentro del marco de los acuerdos de paz en 1996, la URNG elaboró una encuesta entre sus militantes, y esta reveló que muchos de sus miembros eran aún muy jóvenes, inclusive después de 15 o 20 años de servicio activo en la guerrilla. Luego de llevarse a cabo una serie de entrevistas con excombatientes que se habían integrado de niños, se estableció que la guerrilla reclutaba a los menores a partir de los doce años. Entre los 12 y los 16 años, los niños eran dejados en sus aldeas y comunidades como vigilantes, como espías que debían reportar cualquier movimiento del ejército, exponiéndolos a ser descubiertos y a convertirse en víctimas de la violencia. Niños utilizados como soplones para traicionar a miembros de su comunidad. A partir de los 16 años ya podían convertirse en combatientes. Sí, niños y niñas a partir de los 16 años en combate activo dentro de las filas de la guerrilla ¿Es correcto reclutar a menores de edad para luego convertirlos en víctimas y mártires? El estudio revela que muchos de estos niños llegaban a la guerrilla buscando ayuda luego de haber sufrido pérdidas familiares y violencia derivada del conflicto armado, pero la guerrilla en vez de crear zonas exclusivas de resguardo y protección para estos menores, lo que hacía era enfilarlos y utilizarlos como vigilantes y combatientes, ¿les parece eso correcto, ético, moral, justo? ¡Por supuesto que no! Y ahora este grupo viene a hablar de los cinco mil niños desaparecidos como si ellos no compartieran culpa. Se supone que la lucha armada nace porque se buscaba una sociedad más igual y más justa, ¿dónde quedan esos principios cuando se utilizan niños como instrumentos de guerra? Organizaciones como Human Rights Watch y UNICEF entre otros, alertan y condenan el uso de menores en las guerras, una práctica inhumana con consecuencias y secuelas graves e inclusive mortales, para los menores.

    Con esto, lo que deseo es evidenciar que la verdad es muy compleja y que la única forma en la que se va a terminar con la polarización en Guatemala es que se reconozca la verdad de forma objetiva y con honestidad. Esto es una tarea titánica en nuestro país, porque la mayoría solo busca tener la razón en vez de llegar a la verdad. Pero nosotros como ciudadanos debemos de buscar y exigir la objetividad como un instrumento para llegar a la verdad y desenmascarar a quienes nos desean manipular.

    Y, por último, si les gusta leer les recomiendo los libros antes mencionados.

    Este artículo de fue publicado originalmente en el diario El Siglo, el 25 de mayo de 2018. Puede ver el original acá.

  • Yo, la víctima

    Yo, la víctima

    Ser una víctima está de moda, crear víctimas aún más. El victimismo se ha convertido en la herramienta política de nuestros días. Alcanzamos más poder en la medida que victimizamos a las personas que mejor sirven a nuestros intereses políticos. Tener coraje y ser valiente está mal visto, es más útil ser una víctima.

    Son muchos los que han escrito sobre la victimización, esta se ha convertido en una epidemia en nuestros días. El criminal y el asesino son víctimas de la sociedad, el violador es víctima del abuso que sufrió o de las enfermedades mentales que padece, el pobre es víctima del hambre y la ignorancia, el niño malcriado es víctima del divorcio de los padres o de la hiperactividad, etc., y al final del día las verdaderas víctimas son olvidadas o quedan rezagadas. No les queda otra alternativa que no sea la de aceptar su papel de víctimas.

    En pocas palabras la joven que ha sido violada por un pandillero tendrá que aceptar que, si bien ella fue abusada sexualmente, eso se debe a que el pandillero es una víctima de la sociedad, ¿se dan cuenta la irracionalidad de todo esto? Pero lo escuchamos a diario, lo vemos a diario.

    La agenda de lo políticamente correcto busca precisamente eso, crear una tiranía por medio de la «benevolencia» y olvidan que lo que debe prevalecer es la verdad y la justicia.

    Nos hemos enfocado en justificar las intenciones de las personas y nos olvidamos de que lo que realmente debe importarnos son las acciones. La comisión de un delito ha pasado a segundo plano y ahora la sociedad solo desea saber ¿por qué? y de preferencia etiquetar al criminal como víctima y diagnosticarle algún tipo de trastorno mental si sus acciones no pueden ser justificadas con su entorno social. Pobre de aquel que tenga la osadía de cuestionar a la «víctima», porque inmediatamente es tachado de ser un ser despiadado que no tiene compasión hacia sus semejantes y carece de empatía, por ende, de humanidad. Pero olvidamos que la maldad humana existe, sí como lo leen, existe. Para muchos aceptar la maldad humana es difícil, ya que lo identificamos con una concepción arcaica o una visión religiosa del bien y el mal (Dios y el Diablo), no me refiero a eso, me refiero a la verdadera maldad humana, aquella que no admite justificación, simplemente es.

    Hace algunos años leí el libro del psiquiatra estadounidense M. Scott Peck titulado: “People of The Lie˝, (Gente de la mentira). Y es quizá uno de los libros más impactantes y aterradores que he leído. Y no porque contenga nada terrorífico en el sentido literario, es aterrador porque deja al descubierto a la verdadera maldad humana. Al inicio del libro el autor dice que un psiquiatra debe abstenerse de emitir juicios de valor, sin embargo, indica que se siente obligado a hacerlo y afirma que la maldad humana existe. En el libro nos narra una serie de experiencias que tuvo con pacientes a lo largo de su carrera como psiquiatra y lo peor de todo, es que es fácil para el lector identificar a personas y situaciones similares. La maldad humana dice, no la encontramos en las cárceles, la encontramos en individuos funcionales que cometen actos de maldad que tienen ramificaciones aún mayores que sí dispararan y asesinaran a un grupo de personas. Estas personas siempre esconden sus acciones detrás de la intención. —¡No fue mi intención hacerlo! —exclaman.

    Peck hace la distinción entre enfermedades emocionales o mentales y la maldad. No descarta que hay padecimientos mentales que llevan a individuos a cometer actos de maldad. Describe la maldad como una «ignorancia militante». Están obsesionados con mantener una imagen de honorabilidad que no admite ser cuestionada y por lo general escogen muy bien a sus víctimas. Son individuos queridos por la mayoría y respetados en su comunidad. Sus víctimas son percibidas como personas paranoicas o demasiado sensibles. Estos individuos suelen llegar a alcanzar posiciones de poder y liderazgo en la sociedad.

    El libro de Peck fue publicado en 1983, cuando él lo escribió no podía ni imaginarse en lo que la sociedad se convertiría. Somos una sociedad que vive de la imagen y de la percepción, una sociedad que justifica los actos criminales con tal de alcanzar fines políticos. Cada año un mayor número de personas salen del anonimato para alcanzar sus 5 minutos de fama en las redes sociales, haciendo casi cualquier cosa para obtenerla. Por lo tanto, el peso de la opinión pública —aunque sea el mismo puñado de individuos que trata de dirigir la agenda política—, es muy importante. Y harán lo que sea para no caer en desgracia ante estos ídolos de papel, lo que está generando una tiranía de opinión que no admite cuestionamiento y nos estamos convirtiendo en una sociedad que victimiza los actos criminales. Aprendamos a tener coraje de decir lo que pensamos, disentir no es un delito, por el contrario, es uno de los pilares de una sociedad sana y libre.

    Por lo tanto, si no están de acuerdo con lo que he escrito, recuerden que yo también soy una víctima de la sociedad heteropatriarcal opresora de derecha militarista en la que crecí y no me pueden cuestionar, al contrario, espero su empatía y por supuesto sus comentarios deben ser positivos y alentadores, —sarcasmo—.

    Este artículo de fue publicado originalmente en el diario El Siglo, el 13 de abril de 2018. Puede ver el original acá.

  • El hombre mediocre y las redes sociales

    El hombre mediocre y las redes sociales

    El sociólogo y médico italo-argentino, José Ingenieros, escribió en 1913 la obra titulada, «El hombre mediocre».  El hombre mediocre para Ingenieros es aquel que, «es incapaz de usar su imaginación para concebir ideales que le propongan un futuro por el cual luchar. De ahí que se vuelva sumiso a toda rutina, a los prejuicios, a las domesticidades y así se vuelva parte de un rebaño o colectividad, cuyas acciones o motivos no cuestiona, sino que sigue ciegamente». Otra de las características del hombre mediocre es la envidia, a la cual le tenemos que sumar, la arrogancia, la ignorancia y la soberbia. ¿Les suena familiar? Estoy segura de que esa descripción les recordará al menos a un par de personas, sino más.

    Últimamente he estado bastante alejada de las redes sociales, y me he enfocado en la literatura y la historia. ¿Por qué? Porque todos necesitamos tomarnos un descanso de la mediocridad, sobre todo porque en las redes sociales el hombre mediocre inventa agresiones para justificar su mediocridad, y las últimas semanas han estado plagadas de agresiones en ambos lados del espectro.

    El hombre mediocre inventa agresiones para justificar su mediocridad

    En Estados Unidos, los usuarios de redes sociales han manifestado sentimientos similares, y según lo recientemente publicado por Statista, el 59% de los usuarios podría prescindir del uso de ellas. A esto debemos sumarle la baja en la teleaudiencia que tuvieron eventos populares para los estadounidenses, como lo son los premios Globo de Oro, los Grammy y los mismos Oscar, reportando estos últimos, la audiencia más baja registrada de los últimos años.

    Muchos atribuyen estas bajas al aumento de los servicios de distribución digital de contenido multimedia por medio del Internet, —streaming—. Otros, lo atribuyen a la politización de estos programas. Los televidentes disfrutan de estos espectáculos para entretenerse no para escuchar hablar de política. Para mí que es una mezcla de ambos, y uno complementa al otro. Esté o no de acuerdo con sus puntos de vista, llega el momento que cualquiera se cansa de escuchar lo mismo, una y otra y otra vez. Si a eso le sumamos la facilidad de ver cualquier película o serie por medio de Netflix, o cualquier otro servicio, evidentemente la audiencia pierde el interés en estos programas que solían dominar los ratings de audiencia. Adicional a esto, creo que estos premios no han sabido evolucionar, es agotador escuchar a los ganadores agradecer hasta a su gato por el galardón obtenido.

    Pero ya nos alejamos del tema principal, el hombre mediocre, aunque en realidad Hollywood está plagado de ellos, individuos sin ideas propias que solamente repiten y copian lo que otros hacen y es por ello, que ha decaído tanto la calidad de las películas en los últimos tiempos.

    Sin ir muy lejos, en este espacio comentaba recientemente sobre un individuo que copia tuits ajenos y los transcribe a Facebook como propios. Este encaja perfectamente en la definición de Ingenieros, porque el hombre mediocre no tiene ideas propias, este piensa y repite lo que otros dicen. Esto no significa según Ingenieros que no tenga «talentos», sino que nunca llega a desarrollarlos.

    El hombre mediocre es el «hombre masa» del que nos habla José Ortega y Gasset en su libro, «La rebelión de las masas», que se comienza a publicar en 1929. «Este hombre-masa es el hombre previamente vaciado de su propia historia, sin entrañas de pasado y, por lo mismo, dócil a todas las disciplinas llamadas «internacionales». Más que un hombre, es sólo un caparazón de hombre constituido por meres idola fori; carece de un «dentro», de una intimidad suya, inexorable e inalienable, de un yo que no se pueda revocar. De aquí que esté siempre en disponibilidad para fingir ser cualquier cosa. Tiene sólo apetitos, cree que tiene sólo derechos y no cree que tiene obligaciones: es el hombre sin la nobleza que -sine nobilitate-, snob.»

    No me resta más que recomendarles leer ambos libros, tanto Ingenieros como Ortega y Gasset nos muestran el mal de nuestros días, la mediocridad. Y la abundancia del hombre masa que pulula las redes sociales.

    Este artículo de fue publicado originalmente en el diario El Siglo, el 16 de marzo de 2018. Puede ver el original acá.

  • Innovación, creatividad y plagio

    Innovación, creatividad y plagio

    El día de ayer se conoció la noticia que el director, Guillermo del Toro, ha sido denunciado por plagio, en medio de las votaciones al Oscar, donde su película «La forma del agua», es una de las nominadas. Esta película se ha llevado los principales galardones del cine y se considera una de las principales contendientes para llevarse el Oscar a mejor película. ¿Quién lo demanda? Lo demanda el hijo del fallecido escritor y ganador al premio Pulitzer, Paul Zindel, quien asegura que la obra de Guillermo del Toro utiliza demasiados elementos de la obra que obtuvo el premio Pulitzer en 1971.

    Del Toro asegura que no conocía la obra, y lo mismo indican los estudios Fox quienes son los responsables de la cinta.  Es difícil saber en estos casos la verdad, y lo más probable es que se resuelva en la corte o con un acuerdo entre las partes.

    Adicional a esto también se descubrió recientemente por medio de un software, que William Shakespeare plagió algunas de sus obras del trabajo del escritor George North. Quien escribió un libro a finales del siglo XVI y fue una conocida figura en la corte de la reina Elizabeth I, de Inglaterra. Al parecer Shakespeare no sólo utilizó las mismas palabras de North, sino que las empleó en escenas y contextos similares.

    Ahora bien, ¿qué es el plagio? Según el diccionario de la RAE plagiar significa, «Copiar en lo sustancial obras ajenas, dándolas como propias». El plagio es tan antiguo como el ser humano, siempre ha existido y por eso la legislación protege los derechos de autor. Hoy día, que es tan sencillo «copiar y pegar», de un texto ajeno, se da con muchísima frecuencia. Los jóvenes no respetan los derechos de autor y es frecuente escuchar a profesores y catedráticos hablar de este problema tan generalizado en nuestros días.

    Por su parte, Peter Thiel profundiza sobre la innovación y la creatividad en su libro, «De cero a uno». Para Thiel es más fácil copiar que hacer algo nuevo. Algo nuevo sería partir de 0 hasta 1 y copiar iría de 1 a n. Esto no significa necesariamente que copiar sea malo. Pongamos el ejemplo de la televisión, ¿quién la inventó? La respuesta no es tan sencilla porque había al menos unas 50 personas, alrededor del mundo, trabajando en proyectos similares, pero se le atribuye con más frecuencia a 3 inventores, John Logie Baird, Philo Taylor Farnsworth y Charles Francis Jenkins. Sin embargo, no podemos acusar de plagio a empresas como Samsung quienes nos introdujeron a las televisiones inteligentes. Estas empresas partieron de 1 o sea del invento de la televisión, para llevarnos a una versión mejorada de la misma, aun así, parten de una creación existente.  Por otro lado, Steve Jobs nos trae el primer iPod, el cual, si podemos decir con confianza que partió de 0 a 1, al igual que Mark Zuckerberg, con Facebook. Necesitamos de esta creatividad para mover el mundo. Copiar es mucho más fácil que innovar.

    En el tema de las obras literarias, musicales, plásticas etc., es mucho más complejo. Dos escultores pueden estar trabajando en obras similares sin conocer la existencia el uno del otro. Sin embargo, esas fantásticas coincidencias, no constituyen un plagio, si ambas son obras originales de su autor, que quizá por el uso de una técnica o una idea particular, llegaran a hacer creaciones muy similares. Por ello existen hoy en día mecanismos para que estos trabajos puedan ser registrados, porque, así como hay coincidencias, existen muchas personas, dispuestas a copiar y lucrar del trabajo intelectual del ajeno.

    Al final del día es una cuestión de ética. ¿Cuántas veces al día no recibimos cadenas de textos, citas motivacionales, caricaturas, etc., en los cuales no citan al autor? Hace poco tuve conocimiento de un individuo que copia tuits ajenos y los transcribe a Facebook como propios, ¡el colmo! Lo que demuestra no solo una pobreza intelectual muy grande sino una total falta de valores. Tomemos consciencia de esto, ya que creando e innovando es como saldremos adelante.

    Este artículo de fue publicado originalmente en el diario El Siglo, el 23 de febrero de 2018. Puede ver el original acá.

  • Ven y dime cómo vives de Agatha Christie Mallowan

    Ven y dime cómo vives de Agatha Christie Mallowan

    Luego de su divorcio con Archibald Christie, Agatha conoce en 1930 en una excavación en el sitio arqueológico de Ur, a Max Mallowan, un jóven arqueólogo. Contraen matrimonio ese mismo año, convirtiéndose él en su segundo esposo. Christie continuará casada con Max hasta su muerte, en 1976.

    Ella ya era una reconocida escritora al momento de su matrimonio con Mallowan, y decide acompañarlo en varias expediciones arqueológicas a Irak y Siria. Las mismas se ven interrumpidas por la Segunda Guerra Mundial, donde ambos sirven a su país. Ella en la farmacia de un hospital en Londres y él como piloto en África del Norte.

    Este libro nos narra las memorias de esas expediciones a Siria. Christie decide terminar el libro en 1944. El libro se publica por primera vez en noviembre de 1946. Ella sólo publicó dos libros bajo el nombre «Agatha Christie Mallowan», siendo este uno de ellos.

    La genialidad del libro radica en presentarnos cosas ordinarias de una manera extraordinaria, y ahí podemos apreciar la narrativa de esta gran escritora. Cosas tan mundanas como lo es empacar para un viaje de esa magnitud ¡Los libros! Representan para Christie una parte muy importante de lo que se debe empacar para una expedición arqueológica. La compra de un sombrero o las despedidas familiares. Ella nunca pierde el sentido del humor durante la narrativa, que también está plagada de observaciones honestas sobre lo que ve, y vive.

    Vivimos junto a ella el viaje en el Expreso de Oriente, el camino a Alepo, y nos deja saber que, para su esposo, Palmira no representa mayor interés, fue una ciudad romana, por ende «moderna». Ven y dime cómo vives, el título del libro, responde a la interrogante que se hacen los arqueólogos cuando descubren vestigios de lo que fuese una civilización.

    Su honestidad y falta de corrección política la encontramos a lo largo del libro, sin embargo, en este extracto lo ejemplifica a la perfección. Max, su esposo, sale en busca de un chofer que debían contratar, al regresar ella le pregunta si contrató a un buen chofer y este le responde:

    “at any rate he seems stupid, and that is always satisfactory. I ask why, and Max says because he won’t have the brains to be dishonest.”

    Hoy día, pocos se atreverían a decir públicamente que contrataron a alguien porque se veía estúpido y eso es positivo, ya que difícilmente tendrá suficiente cerebro para ser deshonesto.

    Otra cosa que llamó mucho mi atención fue lo dificultoso que fue para ellos conseguir trabajadores para las excavaciones. Los sirios, se sentían complacidos por haber tenido una buena cosecha y no entendían por qué debían trabajar por un salario. Los franceses ofrecieron ayudar y arrestaban al número de trabajadores que necesitaran, pero estos siempre escapaban luego de unos días. Así que Mallowan y su equipo tuvieron que ingeniárselas para convencerlos de trabajar para ellos. Esto lo lograron hablando con las mujeres, a quienes les hicieron ver que, si sus maridos tenían un poco más de dinero disponible, estas disfrutarán de cosas bonitas, como sedas para sus trajes. Christie demuestra una especial admiración por las mujeres kurdas.

    “Working for wages in this out-of-the-way part of the world is an idea that is entirely new. The expedition found itself faced with blank refusal or non-comprehension”

    Cuando Christie termina el libro en 1944, escribe un epílogo muy emotivo, y hace un reconocimiento a las maravillosas personas que conocieron durante sus expediciones, y escribe:

    «For I love that gentle fertile country and its simple people, who know how to laugh and how to enjoy life; who are idle and gay, and who have dignity, good manners, and a great sense of humour, and to whom death is not terrible.»

    Recomiendo este libro con los ojos cerrados, es un libro excepcional.

    Género: autobiografía, memorias, viajes

    Edición Kindle y pasta blanda 205 páginas

    Originalmente publicado en el «Boletín literario» del mes de junio. Puedes leer el boletín aquí, y suscribirte en este enlace.

  • Teresa y el pirata

    Teresa y el pirata

     

    Cuando Teresa tenía cinco años su mamá la abandonó y se quedó sola con su padre. Teresa nunca supo si su padre bebía porque su mamá los había abandonado o si ella los abandonó, porque él bebía mucho.

    Era una niña flacucha, de ojos muy grandes y despiertos color miel. Tenía las piernas largas y todos los niños le decían que se parecía a «Pippi Calzaslargas», porque su cabello era rojizo, tenía pecas y se peinaba con trenzas.

    Su vida era muy solitaria y triste, cuando su padre no le recriminaba por la ausencia de su madre, la ignoraba. Y las mujeres que su padre llevaba a casa la trataban con desprecio. Su casa era vieja, sucia y descuidada. Sólo su habitación estaba limpia y ordenada. Una vez intentó ordenar y limpiar la casa, pero su padre le dio una bofetada y le dijo que ella lo hacía porque se avergonzaba de él. Lo cual era cierto y Teresa no volvió a intentarlo.

    Cuando Teresa tenía 9 años y caminaba de regreso de la escuela, encontró frente a una casa muy hermosa, al lado del basurero, varias cajas con muchos libros. Por curiosidad buscó en su interior y encontró un libro de pasta amarilla muy desgastada que tenía la ilustración de un niño flacucho como ella, y a su lado un viejo pirata con pata de palo y un perico en el hombro. El libro fue como un imán, se sentía atraída, quería llevárselo. El libro olía a viejo, pero no apestaba, era un olor a vainilla. Abrazó el libro pegado a su cuerpo y cerró los ojos sin saber qué hacer, quería leer ese libro, pero no sabía si debía llevárselo. En ese momento el dueño de la casa llegó y la sorprendió, ella dejó caer el libro en la caja y se alejó corriendo, pero el hombre corrió tras ella y la detuvo. —¿Te gusta ese libro? —preguntó. Ella asintió con la cabeza. —No tengas miedo, no hacías nada malo. Dejé esos libros ahí para que cualquiera que desee se los lleve, son los más desgastados y apolillados. El resto los doné a una biblioteca. —le dijo.

    Caminaron juntos hacia las cajas y él seleccionó tres libros que consideró podrían gustarle y ella tomó el del pirata y el niño. Luego de agradecer al hombre por los libros, Teresa los guardó en su mochila. Al llegar a casa se encerró en su cuarto y los escondió en el fondo de una de las gavetas de su armario. Por alguna extraña razón tenía miedo que su padre descubriese los libros.

    La historia del pirata y el niño la cautivaron. Nunca había leído una historia con la que se identificara tanto, esta no era una historia de princesas que lo único que hacían era conseguir un príncipe como marido. Ella se sentía Jim, ¡era Jim! Mientras que el pirata John Silver El Largo, la hizo meditar mucho. Al inicio, al igual que Jim, lo admiró y quería creer en él. Y luego sintió la traición, en cierta medida el pirata le recordaba a su padre.

    Y de esta forma Teresa no volvió a sentirse sola, los libros se volvieron sus amigos y los personajes de estos, sus compañeros de juego imaginarios. Pasaba horas inventando diálogos en su cabeza y desarrollando las aventuras que viviría a su lado.

    Por eso no es de extrañar que Teresa sea hoy, una escritora de libros infantiles.

  • Una voz en Navidad

    Una voz en Navidad

    Ella se identifica con los «millennials» y se siente orgullosa de ser una de ellos.

    Aprendió a vivir al máximo sin importar el pasado ni el futuro, —Lo que importa es el hoy —se decía.

    Vivía bajo esa premisa y disfrutaba presumir con el mundo su glamorosa vida compartiendo fotografías en las redes sociales, hasta que se endeudó hasta el cuello y no podía cubrir sus deudas. Hacía algunos meses que había renunciado a su trabajo porque se cansó de su jefe, de los horarios y los reglamentos de la empresa y se convirtió en «freelancer».

    Al verse tan endeudada tuvo que tomar medidas drásticas para evitar problemas legales.

    Llamó a su padre llorando para que le enviara dinero, —así es al inicio papá. Cuando consiga más clientes las cosas van a cambiar, es el precio de ser independiente, —le dijo.  Su padre que la conoce bien, le envió menos la mitad de lo que le había solicitado.

    Como hacen algunos jóvenes que son autodidactas, buscó libros de educación financiera y los leyó todos. Hizo un plan de acción que incluía dejar de comer comida sin gluten, porque esta es más costosa que la que tiene gluten. En realidad no es intolerante al gluten, pero en todas partes decían que es dañino para la salud, así que ella había dejado de comer alimentos con gluten. Canceló su membresía en el gimnasio y se compró una bicicleta. Dejó de salir con sus amigos para evitar gastar en fiestas y comidas. Dejó de comprar ropa y zapatos que no necesitaba y comenzó a cocinar en casa.

    Cuando sus amigos la invitaban siempre ponía como excusa alguna reunión con un cliente o un trabajo atrasado que tenía que entregar. Sus amigos pensaron que se había enredado con un algún tipo casado que la estaba manteniendo, ya que no podían explicar de otra forma su ausencia.

    Pero es el siglo XXI y ella seguía en comunicación con todos sus amigos y familia, chateaba por WhatsApp, por el Messenger de Facebook y hasta por Instagram.  Para mantenerse en forma iba en bicicleta a todas partes y frecuentaba un parque que quedaba lejos de su casa y se sentaba a leer en alguna banca y observar a las personas pasar. Durante el verano aprovechó para tomar alguna clase gratuita de yoga que ofrecían en el parque. Inclusive se detenía a ver a los ancianos jugar al ajedrez. Para ganar más dinero comenzó a prestar sus servicios de diseño en una plataforma global y comenzó a tener clientes provenientes de varios rincones del planeta.

    Como la mayoría del dinero que recibía se le iba en pagar los abonos a la deuda, pagar la renta y los servicios de su pequeño departamento, le quedaba muy poco dinero para comprar comida. Modificó sus hábitos y aprendió a valorar el dinero. Finalmente ponía atención al precio de los alimentos en los anaqueles y, por lo general, compraba lo más económico o buscaba las ofertas.

    Poco a poco su situación financiera fue mejorando. Había logrado ahorrar un poco de dinero y podía darse uno que otro gusto a la hora de comprar los alimentos en el supermercado.

    Cuando llegó diciembre, decidió no ir a casa para no tener que comprar regalos para su familia. También se ausentó de todas las fiestas y reuniones con sus amigos y así no gastar dinero innecesario.

    El veintitrés de diciembre sus amigas más cercanas se reunirían a comer y decidió a última hora llamarlas para ver dónde se encontraban y reunirse con ellas.

    Marcó el teléfono y en pocos segundos respondió su amiga, —¡¿En dónde te habías metido?! ¿Vienes a cenar?, Estamos en el restaurante de Manolo, ¡hola! ¡hola! ¿me escuchas? —preguntó su amiga al no escuchar respuesta.

    Ella lloraba amargamente, cuando trató de responder se dio cuenta que hacía mucho, quizá meses que no había cruzado palabra con nadie. La voz no le respondía, le salía ronca, imperceptible. Finalmente logró responder entre sollozos, —¡Qué gusto me da escucharte! Tengo muchísimas ganas de verlas —y continuó llorando.

    —¿Estás bien? ¿te pasa algo? ¿te dejó ese infeliz que te ha tenido secuestrada de tus amistades, verdad? ¿regresó con la mujer?, dime dónde estás y vamos a buscarte —respondió su amiga preocupada.

    Ella soltó una carcajada entre las lágrimas, —no, no me pasa nada y no he terminado con nadie. ¿De dónde sacaste que yo tenía un novio? Su voz comenzaba a salir de forma normal. En realidad no podré acompañarlas, iré a casa a pasar las navidades con mi familia. Pero regresaré después del Día de Reyes y nos reuniremos, ¿de acuerdo? ¡Tengo mucho que contarte! —le dijo antes de colgar el teléfono.

    Lloró, lloró y lloró desconsoladamente. ¿Cuándo había sido la última vez que había hablado con alguien? Quizá hace un par de meses cuando llevo a reparar su bicicleta. Pero no fue una conversación, solamente cruzó un par de palabras.  Hacía meses que no se sentaba a conversar con nadie. Las redes sociales le habían dado la sensación de no estar sola, pero lo estaba.

    Cuando llegó al día siguiente a casa, su padre abrió la puerta y quedó atónito al verla. —Pensé que no vendrías, ¿Te quedaste sin dinero nuevamente? —dijo.

    Ella lo abrazó y sonrió, —Para nada papá, ya casi pagué todas mis deudas y estoy comenzando a ahorrar un poco de dinero. Sólo quería verlos y pasar las navidades con ustedes.

    El padre tomo su pequeña maleta y la dejó entrar. Ella le dijo —¿Cuéntame la historia del día que conociste a mamá?. Él la miró aún más sorprendido, —¡Pero si tú y tu hermano dicen que les he contado esa historia un centenar de veces! ¿Para qué quieres escucharla nuevamente? —preguntó.

    —Sólo quiero escuchar tu voz en Navidad, dame una copa de vino y me cuentas nuevamente la historia, ¿vale?

     

     

  • Evolución

    Evolución

     

    De niño solía ser muy miedoso. La abuela tenía por costumbre contarnos todo tipo de historias y leyendas de terror. Mi hermano mayor se las llevaba de valiente, pero yo sabía que por las noches dormía con un rosario debajo de la almohada.

    Yo le tenía miedo a los hombres lobo, a los vampiros, a la llorona, a la mujer de blanco, y sobre todo, ¡a las gárgolas! Lo reconozco, es un miedo poco común, pero tiene una explicación. Cierta noche papá se encontraba viendo una película en la cual tomaban vida, y durante años tuve pesadillas con ellas.

    Luego llegó la adolescencia. Esa época en la que nos volvemos temerarios, y creemos que somos invencibles. Le perdí el miedo a todo, o más bien eso aparentaba. En realidad temía no ser aceptado por mi grupo de amigos y que la chica de mis sueños me rechazara. ¡La juventud!

    Al llegar a la edad adulta tenía miedo de estudiar la carrera equivocada, no conseguir el trabajo de mis sueños y no conocer a mi alma gemela. Mi compañera de aventuras en la vida.

    Hoy tengo casi cuarenta años y nunca pensé podría llegar a tener tanto miedo.

    Temo por mi hija cuando leo en las noticias que secuestraron a una niña de doce años, y cuando descubren a una red de trata de blancas.

    Temo cuando leo que los fundamentalistas islámicos han cometido otro crimen, otro atentado. Temo por mi hijo cuando veo lo que sucedió en Bataclan, ¿Podrán los jóvenes ir a un concierto y no temer por su vida?

    Tengo miedo a fracasar. Temo no obtener ese ascenso en el trabajo, y que mi mujer me deje por un hombre que no se esté quedando calvo y que sea un profesional exitoso.

    Temo ser un mal padre y que mis hijos no sean felices. Me da miedo consentirlos demasiado y que crezcan siendo unos buenos para nada. Pero a su vez, temo ser demasiado estricto  y que de mayores resientan que no fui afectuoso con ellos.

    ¡Temo decir lo que pienso! Si digo que mi jefe es un cretino, que lo es, dirán que le tengo envidia.

    Temo decir que el estado debe proveer salud y educación, porque dirán que soy un socialista o un progre. Temo decir que el estado no está para mantener holgazanes y que los sindicatos son corruptos, porque dirán que soy un fascista de derechas.

    Temo decir que estoy orgulloso de ser hombre porque me dirán homofóbico y machista.

    Temo decir la verdad porque dirán que soy poco cortés.

    Temo quedarme sin empleo y no poder mantener a mi familia. Deseo ser un emprendedor, pero tengo miedo a fracasar.

    Hoy desearía temerle a los vampiros, a la llorona y a los castigos de mamá. A ese monstruo que sale debajo de la cama por la noche y a dormir con las luces apagadas.

    Supongo que en unos años le tendré miedo a la muerte, a morir solo y a perder a mis seres queridos. A descubrir en el recuento de la vida que fracasé y qué no hice aquellas cosas que tanto anhelé.

    El miedo es parte de la vida. El miedo evoluciona, el miedo cambia, como cambia la vida misma.

    El ser humano que no tenga miedo, no es humano. Pero al miedo debemos obsérvalo de cerca como se observa a un a un enemigo y aprender a llevarlo a nuestro lado como a un buen amigo.