Autor: CarminaV

  • El aprendizaje

    El aprendizaje

    Hace unos días encontré a una conocida, ella iba con sus hijas y habían ido al cine a ver «Guardianes de la Galaxia 2». Le pregunté, —¿qué tal está la película? En realidad, yo no tenía el menor interés, pero es el tipo de cosas que uno pregunta por cortesía o hipocresía, no sé.  Ella me indicó que le gustó y sus hijas asintieron afirmativamente.  Para mi sorpresa, se dirigió a sus hijas y les preguntó, —A ver niñas, ¿cuál fue el aprendizaje que sacaron de la película? Una de las hijas es adolescente y la otra quizá tenga unos diez u once años. La hija mayor giro los ojos hacia arriba y no dijo nada, la pequeña en cambio, muy vivaz respondió, —A veces buscamos cosas en otros lugares que en realidad siempre hemos tenido a nuestro lado.  Me pareció un excelente comentario, y aunque yo no he visto la película, la madre y la hermana mayor asintieron. Ahí terminó el encuentro y cada cual siguió su camino.

    Aunque pareciera un encuentro casual, me dejó con un mal sabor de boca. ¿Por qué tiene que haber un proceso de aprendizaje consciente al ver una película de Marvel? Sobre todo, si esa película es «Guardianes de la Galaxia 2» ¿Por qué esa madre tiene que pensar que todo tiene un aprendizaje consciente? ¿No podemos disfrutar de una película por simple entretenimiento?

    Me explico, desde que nacemos estamos aprendiendo y no terminamos de aprender hasta el último día de nuestra existencia. Pero una cosa es la instrucción formal, la consciente y otra muy distinta la vivencial. La que nos da la experiencia, la vida, los errores.

    No me parece correcto atormentar a los niños con este tipo de preguntas, una cosa es preguntarles si les gustó la película y ¿por qué? o cuál fue su parte favorita, etc. Y otra muy distinta es robarles el placer del entretenimiento para que nos digan que aprendieron. Las personas más exitosas son aquellas que nunca terminan de aprender, las que aman el conocimiento, pero pocas de ellas, pensarán que una película de ese tipo les dejará un aprendizaje formal. La función de ese tipo de películas es entretener, no educar. No me quiero imaginar, las preguntas que les hará a sus hijas cuando leen un libro, ¡con razón de adultos no quieren leer ni la etiqueta de la pasta dental!

    Yo me autodenomino una bibliófila, algunos me dirán ratón de biblioteca, pero les soy honesta, hay libros que no me dejan absolutamente nada, los leo por entretenimiento, porque disfruto su lectura, mas no con el ánimo de aprender. Evidentemente, siempre aprendemos algo de un libro, por ejemplo, el uso correcto del lenguaje, si está bien escrito y editado. O la experiencia de no volver a leer a ese escritor o ese género. El valor a largo plazo es muy alto, pero si yo viera la lectura como aprendizaje, seguramente no leería nada.

    El ser humano, y en especial los niños necesitan distraerse, aprender mediante el juego y la diversión, e inclusive el aburrimiento. No los torturemos de esa forma para pretender ser padres modelo.

    Este artículo de opinión fue publicado originalmente en el diario Siglo.21, el 19 de mayo de 2017. Puede ver el original acá. 

  • El país de las incongruencias

    El país de las incongruencias

    El pasado 24 de abril, escuchaba una entrevista a un diputado al Congreso de la República y a un psicólogo, sobre el proyecto de ley que está impulsando dicho diputado sobre la legalización de la mariguana.

    El diputado comentó que esta es la segunda iniciativa que presenta. La propuesta anterior incluía la legalización, consumo y producción de la mariguana medicinal y recreativa. El nuevo proyecto de ley no incluye lo recreativo, únicamente lo medicinal y científico.

    El debate fue interesante, y como indicaron el entrevistador y el diputado, esta es una tendencia global. Cada día son más los países que se suman a la legalización. Existe un cuestionamiento generalizado sobre la efectividad de la prohibición y los beneficios de la legalización.

    En lo personal estoy completamente de acuerdo en que debe legalizarse, ¿cuántas vidas inocentes se pierden por culpa del narcotráfico? La mariguana ha demostrado tener efectos medicinales beneficiosos para diferentes dolencias, y como indicaba el diputado, se abre la oportunidad para que se desarrolle una nueva industria en torno al cánnabis.

    Hasta ahí todo bien, el psicólogo se oponía a la legalización, e indicaba los peligros de legalizar el consumo. A ver, las drogas no son buenas. Pero en el caso de la mariguana, esta ha demostrado su efectividad en el tratamiento de ciertas dolencias. En el tema recreativo, yo soy de la opinión de que las personas deben decidir libremente que consumen y asumir su responsabilidad. La prohibición no disminuye el consumo.

    Ahora bien, el diputado en cuestión comentó que él también había presentado una iniciativa de ley para prohibir el consumo de «comida chatarra». Según él mismo indicó, «la iniciativa buscaba impedir que los niños en centros escolares públicos y privados, tuvieran acceso y consumieran en sus instalaciones comida chatarra, lo que incluía bebidas azucaradas, comida rápida, papitas, galletas, etc.». El psicólogo lo cuestionó al respecto y yo no sólo comparto su cuestionamiento, sino que quisiera elaborar.

    ¿Está bien legalizar el consumo de mariguana, pero debemos prohibir la comida chatarra? En realidad, no sé si es incongruencia o confusión, pero al final viene siendo lo mismo.  No entiendo el razonamiento que lo lleva a aceptar una y prohibir la otra. Si partimos de la premisa de que cada individuo tiene la libertad de decidir sobre su vida y de que las prohibiciones no son efectivas; eso debe incluir la mariguana y la comida chatarra, entre otras cosas. ¿Quién es el estado para decirme qué comer y qué no? Si bien la comida chatarra no es saludable, en exceso. Tampoco lo es prohibirlo.

    Parece que se les olvida el famoso y peligroso eslogan fascista del partido Nazi, que tenía como premisa que la salud del individuo, era la salud del estado alemán, y versaba:

     «Tu cuerpo le pertenece a la nación. Tu cuerpo le pertenece al Führer. Tienes la obligación de estar saludable. ¡La comida no es un asunto privado!».

    Este artículo de opinión fue publicado originalmente en el diario Siglo.21, el 5 de mayo de 2017. Puede ver el original acá. 

  • Transformación digital y transformación social

    Transformación digital y transformación social

    Recientemente tuve la oportunidad de familiarizarme con la transformación digital, y me sorprendió mucho la correlación que existe entre la transformación digital y la transformación social, me explico.

    Para comenzar, definamos lo que es la transformación digital. Se conoce como transformación digital a la modernización de una empresa, negocio o institución a través del uso de la tecnología. Necesitamos de ella para poder adaptarnos a los cambios tecnológicos. La digitalización puede ser simple o compleja, comprar un nuevo teléfono inteligente, una nueva computadora, actualizar nuestros programas de software o la adquisición de equipos y programas más complejos. De manera simplificada, opera así para la gran mayoría. La medicina sufre avances tecnológicos constantes, la educación y los restaurantes están lanzando aplicaciones para teléfonos móviles. Una academia de arte, una galería o un museo necesitan de un «App» o bien ofrecer un tour virtual en sus páginas web. El mundo cambió, es una realidad. Y si no nos actualizamos, nos quedamos atrás.

    ¿Qué hay de la transformación social? Gracias a la tecnología y las comunicaciones, en algunos casos, se están acelerando los cambios sociales o al menos los ciudadanos ya no viven aislados. Estonia, por ejemplo, ya cuenta con un gobierno digital y se puede aplicar a la ciudadanía digital de ese país. Sucesos como los que hemos visto esta semana en Venezuela ya no pasan desapercibidos, podemos ver en tiempo real lo que está sucediendo. Las personas tienen más consciencia de su entorno y hemos visto cómo las redes sociales han revolucionado el periodismo.

    Ahora hablemos de Guatemala. En este país hay más líneas telefónicas que habitantes, los teléfonos inteligentes son cada día más populares y son muchas las personas que utilizan al menos una red social. El acceso a Internet aún es limitado, pero empresas como Facebook a través de su iniciativa ‘Internet.org’, pretende hacer accesible el Internet a los dos tercios de la población global que aún no están conectados. Es indudable que la tecnología en este país va de la mano con los movimientos sociales. El paro, las protestas y las marchas del 2015 fueron organizadas y convocadas por medio de las redes sociales.

    ¿Y entonces? ¿Por qué las cosas no cambian en Guatemala? Muy sencillo, nuestra mentalidad aún no está lista para la transformación digital y mucho menos para la transformación social. ¿Cuántas personas prefieren que les instalen un programa pirata en vez de pagar la versión original? ¿Cuántos memes no se hacen en Photoshop pirata? La suscripción mensual a Photoshop vale $ 9.99 USD mensuales, es un precio accesible, y aun así preferimos hablar con el amigo para que nos instale la versión pirata. Sin embargo, exigimos transparencia al gobierno, criticamos la corrupción y a quienes evaden impuestos, pero escribimos indignados con una versión pirata de Word, ¿no les parece una contradicción?

    Este artículo de opinión fue publicado originalmente en el diario Siglo.21,  el 21 de abril de 2017. Puede ver el original acá. 

  • Teresa y el pirata

    Teresa y el pirata

     

    Cuando Teresa tenía cinco años su mamá la abandonó y se quedó sola con su padre. Teresa nunca supo si su padre bebía porque su mamá los había abandonado o si ella los abandonó, porque él bebía mucho.

    Era una niña flacucha, de ojos muy grandes y despiertos color miel. Tenía las piernas largas y todos los niños le decían que se parecía a «Pippi Calzaslargas», porque su cabello era rojizo, tenía pecas y se peinaba con trenzas.

    Su vida era muy solitaria y triste, cuando su padre no le recriminaba por la ausencia de su madre, la ignoraba. Y las mujeres que su padre llevaba a casa la trataban con desprecio. Su casa era vieja, sucia y descuidada. Sólo su habitación estaba limpia y ordenada. Una vez intentó ordenar y limpiar la casa, pero su padre le dio una bofetada y le dijo que ella lo hacía porque se avergonzaba de él. Lo cual era cierto y Teresa no volvió a intentarlo.

    Cuando Teresa tenía 9 años y caminaba de regreso de la escuela, encontró frente a una casa muy hermosa, al lado del basurero, varias cajas con muchos libros. Por curiosidad buscó en su interior y encontró un libro de pasta amarilla muy desgastada que tenía la ilustración de un niño flacucho como ella, y a su lado un viejo pirata con pata de palo y un perico en el hombro. El libro fue como un imán, se sentía atraída, quería llevárselo. El libro olía a viejo, pero no apestaba, era un olor a vainilla. Abrazó el libro pegado a su cuerpo y cerró los ojos sin saber qué hacer, quería leer ese libro, pero no sabía si debía llevárselo. En ese momento el dueño de la casa llegó y la sorprendió, ella dejó caer el libro en la caja y se alejó corriendo, pero el hombre corrió tras ella y la detuvo. —¿Te gusta ese libro? —preguntó. Ella asintió con la cabeza. —No tengas miedo, no hacías nada malo. Dejé esos libros ahí para que cualquiera que desee se los lleve, son los más desgastados y apolillados. El resto los doné a una biblioteca. —le dijo.

    Caminaron juntos hacia las cajas y él seleccionó tres libros que consideró podrían gustarle y ella tomó el del pirata y el niño. Luego de agradecer al hombre por los libros, Teresa los guardó en su mochila. Al llegar a casa se encerró en su cuarto y los escondió en el fondo de una de las gavetas de su armario. Por alguna extraña razón tenía miedo que su padre descubriese los libros.

    La historia del pirata y el niño la cautivaron. Nunca había leído una historia con la que se identificara tanto, esta no era una historia de princesas que lo único que hacían era conseguir un príncipe como marido. Ella se sentía Jim, ¡era Jim! Mientras que el pirata John Silver El Largo, la hizo meditar mucho. Al inicio, al igual que Jim, lo admiró y quería creer en él. Y luego sintió la traición, en cierta medida el pirata le recordaba a su padre.

    Y de esta forma Teresa no volvió a sentirse sola, los libros se volvieron sus amigos y los personajes de estos, sus compañeros de juego imaginarios. Pasaba horas inventando diálogos en su cabeza y desarrollando las aventuras que viviría a su lado.

    Por eso no es de extrañar que Teresa sea hoy, una escritora de libros infantiles.

  • ¿Educación pública o educación privada?

    ¿Educación pública o educación privada?

    Después de la salud y la seguridad, me atrevería a decir, que la educación es uno de los temas que más preocupa a los guatemaltecos.

    Para que la educación pública funcione, se necesita hacer una reforma educativa integral. El sistema es deficiente, corrupto y es utilizado por los políticos de turno y líderes sindicales para enriquecerse, y manipular la agenda política.

    Sin embargo, hay varios países en dónde la educación pública funciona, Finlandia es para mí el mejor ejemplo.

    ¿Podría Guatemala aspirar a una educación pública como la de Finlandia? Difícilmente, ya que el éxito finlandés no radica exclusivamente en el modelo y en la forma que el gobierno la administra. Radica en sus habitantes, es un tema cultural más que político. Ser maestro conlleva un prestigio social. Solo los mejores alumnos del bachillerato pueden optar a la prueba nacional de selectividad, que sólo el 10% aprueba. La carrera universitaria de docencia tiene una duración de cinco años. Ahí aprenden pedagogía, psicología de la educación, didáctica, etc. Y se toman en cuenta aptitudes cómo la empatía, la comunicación y la capacidad social. En pocas palabras, sólo los mejores y los más capacitados llegan a convertirse en maestros. Sumado a esto, el método educativo finlandés es uno de los más innovadores. Son conscientes que el niño también aprende cuando juega y se divierte. Se les enseña a aprender, y sobre todo a razonar y utilizar el pensamiento crítico y analítico.

    Por otro lado, tenemos la educación privada en nuestro país, que, debido a la ineficiencia estatal, hace que cada día sea mayor el número de padres que hacen el esfuerzo de inscribir a sus hijos en colegios privados. Lastimosamente, muchos de estos centros educativos piensan más en el negocio que les representa, que en la educación de sus estudiantes. Más de alguna vez hemos escuchado a alguien decir, «hay que poner un colegio porque es un buen negocio».

    Los pocos colegios que buscan la excelencia y han decidido innovar, han sufrido, en algunos casos, críticas severas por parte de los mismos padres de familia. Quienes aún consideran que una buena educación consiste en dejar muchas tareas y enseñar mucha matemática e inglés. Por la importancia que le damos en este país a la matemática, cualquiera pensaría que somos la Meca de Latinoamérica en ciencia y tecnología, cuando la mayoría no sabe las tablas de multiplicar. La educación bilingüe me parece muy importante, pero muchos de estos jóvenes que hablan inglés, no pueden tan siquiera redactar una carta sin errores gramaticales y ortográficos en español, y desconocen la historia nacional. La matemática es importante, pero la investigación en nuestro país es casi inexistente. El pensamiento crítico, ni se enseña ni se estimula. La lectoescritura tiene poca o ninguna relevancia. Entonces, el problema por el momento no es quien provee la educación, sino que como sociedad no priorizamos la educación, por mucho que de ella nos quejemos.

    Este artículo de opinión fue publicado originalmente en el diario Siglo.21, el 7 de abril de 2017.  Puede ver el original acá. 

  • Experimento accidental

    Experimento accidental

    Recientemente tuve oportunidad de experimentar, de forma accidental, el prejuicio que sufren algunas víctimas de abuso doméstico, esta es mi historia.

    A principios de diciembre viajé a Panamá, país que considero mi segunda patria. La última noche en Panamá salí a cenar con dos de mis mejores amigas a un restaurante en el Casco Viejo. Yo había quedado de reunirme posteriormente con otras amigas.

    El clima era perfecto, ya se sentía la brisa de verano y por tal motivo nos encontrábamos en la parte trasera del restaurante, en una agradable terraza al aire libre. El restaurante estaba lleno.

    Pedí un Uber para que me fuera a buscar, y a los pocos minutos recibí un mensaje del conductor indicándome que no encontraba el restaurante. Al final lo cancelé (penalidad de US $ 2.00), y pedí otro. Este no demoró en llegar ni cinco minutos.

    Ingresé al restaurante rumbo a la salida, el interior de este estaba menos iluminado que la terraza. El Uber me esperaba afuera. En ese momento me estrellé contra algo y reboté, no tuve tiempo de procesar lo que sucedía, quedé petrificada y sentí un dolor intenso en la frente. Bajé la cabeza y goterones de sangre comenzaron a caer al piso… ¡me había estrellado contra un vidrio!

    El vidrio era grande (de piso a techo), en esa área habitualmente hay mesas, pero por la alta demanda para el exterior del restaurante, las habían movido. El restaurante en su interior tiene una iluminación tenue, al parecer todo eso influyó en que yo no viera el vidrio. Debo de aclarar que no había consumido bebidas alcohólicas, simplemente no vi el vidrio y este no estaba señalizado.

    Se canceló el Uber y yo cancelé mi reunión con mis otras amigas. Si he de creer en las señales, las señales eran evidentes. Yo no tenía que ir a ningún lado esa noche, como diría mi abuela, «no hay que buscarle tres pies al gato».

    En el restaurante me llevaron hielo y café molido para detener la hemorragia. Me ofrecieron llamar una ambulancia y mis amigas ofrecieron llevarme al hospital, pero en realidad me sentía bien y la hemorragia paró. Tuve una pequeña laceración justo en la ceja y esta me lo cubría, no había necesidad de suturar la herida, era pequeña, pero la sangre es escandalosa. Hubo un momento que entre las carcajadas por lo ocurrido se me llenaron los ojos de lágrimas, ¿dolor, humillación?, no lo sé.

    Camino a casa de mi amiga, fuimos a una farmacia para comprar un desinflamatorio, podía sentir inflamada la parte de la ceja.

    Cuándo pedí el desinflamatorio el dependiente me preguntó para qué lo necesitaba y que síntomas tenía. Cuando le expliqué, inmediatamente me vio al rostro y me observó con una cara que me costó descifrar, ¿curiosidad?, ¿incredulidad?, ¿desprecio?, no lo sé.

    A la mañana siguiente amanecí con el párpado superior morado y con mucha hinchazón en el ojo.

    Evolución de la inflamación a través de los días. La imagen superior izquierda es a la las pocas horas, la inferior derecha es a los seis días.

    Mi avión salía por la noche, así que aún tenía todo el día por delante. Mi amiga me llevó a hacer algunos mandados y compras. Me puse unos anteojos de sol para evitar las miradas. Sin embargo en los momentos en los cuales no los tenía puestos, la gente se me quedaba viendo con cara de desprecio y comentaban entre sí, a medida que transcurría el día, el ojo se me veía más hinchado y morado, y la inflamación seguía bajando.

    Lo curioso es que nadie se acercó a preguntar que me había sucedido. Muchas mujeres me mantuvieron la mirada, retándome. La sensación fue horrible. Estaba siendo juzgada por haber sufrido un accidente.

    Al final decidí comprar unos parches oculares para cubrirme el ojo a la hora de viajar. Bastante había tenido con las miradas de las personas para exponerme a lo mismo con el personal del aeropuerto y migración.

    El cambio de actitud de las personas fue impresionante, me volteaban a ver pero si yo los sorprendía viéndome, bajaban la mirada avergonzados, y si podían intentaban ayudarme. ¿Por qué? ¿Es vergonzoso observar a una mujer con un parche en ojo, pero al mismo tiempo te avergüenzan y juzgan por tener un ojo morado e inflamado?

    Al llegar a Guatemala sucedió lo mismo. Si salía con el parche eran miradas de lástima y si salía sin este, eran miradas juzgándome por ser tan tonta y haberme dejado «golpear».  ¡Inclusive personas muy cercanas a mí me preguntaron si de verdad no me había pegado nadie!

    Lo irónico del caso, es que he escuchado testimonios de mujeres que han sido víctimas de abuso y no las golpeaban en el rostro, los golpes eran en partes no visibles.

    A medida que pasaban los días la inflamación crecía y el ojo se veía peor. Gracias a mucha árnica, en diez días ya podía salir a la calle sin cubrirme el ojo.

    La reacción de los hombres al verme con el ojo morado fue, en su mayoría, mucho mejor que la de las mujeres. Estos sonreían tímidamente y se mostraban serviciales o me ignoraban por completo, aunque no faltó el que me vio con cara de «pobre infeliz».

    ¿Qué nos pasa como sociedad? ¿Es más fácil juzgar que preguntar? Evidentemente lo es, y pude experimentarlo en carne propia. Si crees que una mujer sufrió abuso en vez de juzgarla, sería mejor que le ofrecieras ayuda.  Y sobre todo, sería bueno no apresurar las conclusiones ya que, como en mi caso, pudo haber sido un simple accidente.

    Por último, es importante que los vidrios estén bien señalizados. Yo fui muy afortunada.

     

     

  • Una voz en Navidad

    Una voz en Navidad

    Ella se identifica con los «millennials» y se siente orgullosa de ser una de ellos.

    Aprendió a vivir al máximo sin importar el pasado ni el futuro, —Lo que importa es el hoy —se decía.

    Vivía bajo esa premisa y disfrutaba presumir con el mundo su glamorosa vida compartiendo fotografías en las redes sociales, hasta que se endeudó hasta el cuello y no podía cubrir sus deudas. Hacía algunos meses que había renunciado a su trabajo porque se cansó de su jefe, de los horarios y los reglamentos de la empresa y se convirtió en «freelancer».

    Al verse tan endeudada tuvo que tomar medidas drásticas para evitar problemas legales.

    Llamó a su padre llorando para que le enviara dinero, —así es al inicio papá. Cuando consiga más clientes las cosas van a cambiar, es el precio de ser independiente, —le dijo.  Su padre que la conoce bien, le envió menos la mitad de lo que le había solicitado.

    Como hacen algunos jóvenes que son autodidactas, buscó libros de educación financiera y los leyó todos. Hizo un plan de acción que incluía dejar de comer comida sin gluten, porque esta es más costosa que la que tiene gluten. En realidad no es intolerante al gluten, pero en todas partes decían que es dañino para la salud, así que ella había dejado de comer alimentos con gluten. Canceló su membresía en el gimnasio y se compró una bicicleta. Dejó de salir con sus amigos para evitar gastar en fiestas y comidas. Dejó de comprar ropa y zapatos que no necesitaba y comenzó a cocinar en casa.

    Cuando sus amigos la invitaban siempre ponía como excusa alguna reunión con un cliente o un trabajo atrasado que tenía que entregar. Sus amigos pensaron que se había enredado con un algún tipo casado que la estaba manteniendo, ya que no podían explicar de otra forma su ausencia.

    Pero es el siglo XXI y ella seguía en comunicación con todos sus amigos y familia, chateaba por WhatsApp, por el Messenger de Facebook y hasta por Instagram.  Para mantenerse en forma iba en bicicleta a todas partes y frecuentaba un parque que quedaba lejos de su casa y se sentaba a leer en alguna banca y observar a las personas pasar. Durante el verano aprovechó para tomar alguna clase gratuita de yoga que ofrecían en el parque. Inclusive se detenía a ver a los ancianos jugar al ajedrez. Para ganar más dinero comenzó a prestar sus servicios de diseño en una plataforma global y comenzó a tener clientes provenientes de varios rincones del planeta.

    Como la mayoría del dinero que recibía se le iba en pagar los abonos a la deuda, pagar la renta y los servicios de su pequeño departamento, le quedaba muy poco dinero para comprar comida. Modificó sus hábitos y aprendió a valorar el dinero. Finalmente ponía atención al precio de los alimentos en los anaqueles y, por lo general, compraba lo más económico o buscaba las ofertas.

    Poco a poco su situación financiera fue mejorando. Había logrado ahorrar un poco de dinero y podía darse uno que otro gusto a la hora de comprar los alimentos en el supermercado.

    Cuando llegó diciembre, decidió no ir a casa para no tener que comprar regalos para su familia. También se ausentó de todas las fiestas y reuniones con sus amigos y así no gastar dinero innecesario.

    El veintitrés de diciembre sus amigas más cercanas se reunirían a comer y decidió a última hora llamarlas para ver dónde se encontraban y reunirse con ellas.

    Marcó el teléfono y en pocos segundos respondió su amiga, —¡¿En dónde te habías metido?! ¿Vienes a cenar?, Estamos en el restaurante de Manolo, ¡hola! ¡hola! ¿me escuchas? —preguntó su amiga al no escuchar respuesta.

    Ella lloraba amargamente, cuando trató de responder se dio cuenta que hacía mucho, quizá meses que no había cruzado palabra con nadie. La voz no le respondía, le salía ronca, imperceptible. Finalmente logró responder entre sollozos, —¡Qué gusto me da escucharte! Tengo muchísimas ganas de verlas —y continuó llorando.

    —¿Estás bien? ¿te pasa algo? ¿te dejó ese infeliz que te ha tenido secuestrada de tus amistades, verdad? ¿regresó con la mujer?, dime dónde estás y vamos a buscarte —respondió su amiga preocupada.

    Ella soltó una carcajada entre las lágrimas, —no, no me pasa nada y no he terminado con nadie. ¿De dónde sacaste que yo tenía un novio? Su voz comenzaba a salir de forma normal. En realidad no podré acompañarlas, iré a casa a pasar las navidades con mi familia. Pero regresaré después del Día de Reyes y nos reuniremos, ¿de acuerdo? ¡Tengo mucho que contarte! —le dijo antes de colgar el teléfono.

    Lloró, lloró y lloró desconsoladamente. ¿Cuándo había sido la última vez que había hablado con alguien? Quizá hace un par de meses cuando llevo a reparar su bicicleta. Pero no fue una conversación, solamente cruzó un par de palabras.  Hacía meses que no se sentaba a conversar con nadie. Las redes sociales le habían dado la sensación de no estar sola, pero lo estaba.

    Cuando llegó al día siguiente a casa, su padre abrió la puerta y quedó atónito al verla. —Pensé que no vendrías, ¿Te quedaste sin dinero nuevamente? —dijo.

    Ella lo abrazó y sonrió, —Para nada papá, ya casi pagué todas mis deudas y estoy comenzando a ahorrar un poco de dinero. Sólo quería verlos y pasar las navidades con ustedes.

    El padre tomo su pequeña maleta y la dejó entrar. Ella le dijo —¿Cuéntame la historia del día que conociste a mamá?. Él la miró aún más sorprendido, —¡Pero si tú y tu hermano dicen que les he contado esa historia un centenar de veces! ¿Para qué quieres escucharla nuevamente? —preguntó.

    —Sólo quiero escuchar tu voz en Navidad, dame una copa de vino y me cuentas nuevamente la historia, ¿vale?

     

     

  • Evolución

    Evolución

     

    De niño solía ser muy miedoso. La abuela tenía por costumbre contarnos todo tipo de historias y leyendas de terror. Mi hermano mayor se las llevaba de valiente, pero yo sabía que por las noches dormía con un rosario debajo de la almohada.

    Yo le tenía miedo a los hombres lobo, a los vampiros, a la llorona, a la mujer de blanco, y sobre todo, ¡a las gárgolas! Lo reconozco, es un miedo poco común, pero tiene una explicación. Cierta noche papá se encontraba viendo una película en la cual tomaban vida, y durante años tuve pesadillas con ellas.

    Luego llegó la adolescencia. Esa época en la que nos volvemos temerarios, y creemos que somos invencibles. Le perdí el miedo a todo, o más bien eso aparentaba. En realidad temía no ser aceptado por mi grupo de amigos y que la chica de mis sueños me rechazara. ¡La juventud!

    Al llegar a la edad adulta tenía miedo de estudiar la carrera equivocada, no conseguir el trabajo de mis sueños y no conocer a mi alma gemela. Mi compañera de aventuras en la vida.

    Hoy tengo casi cuarenta años y nunca pensé podría llegar a tener tanto miedo.

    Temo por mi hija cuando leo en las noticias que secuestraron a una niña de doce años, y cuando descubren a una red de trata de blancas.

    Temo cuando leo que los fundamentalistas islámicos han cometido otro crimen, otro atentado. Temo por mi hijo cuando veo lo que sucedió en Bataclan, ¿Podrán los jóvenes ir a un concierto y no temer por su vida?

    Tengo miedo a fracasar. Temo no obtener ese ascenso en el trabajo, y que mi mujer me deje por un hombre que no se esté quedando calvo y que sea un profesional exitoso.

    Temo ser un mal padre y que mis hijos no sean felices. Me da miedo consentirlos demasiado y que crezcan siendo unos buenos para nada. Pero a su vez, temo ser demasiado estricto  y que de mayores resientan que no fui afectuoso con ellos.

    ¡Temo decir lo que pienso! Si digo que mi jefe es un cretino, que lo es, dirán que le tengo envidia.

    Temo decir que el estado debe proveer salud y educación, porque dirán que soy un socialista o un progre. Temo decir que el estado no está para mantener holgazanes y que los sindicatos son corruptos, porque dirán que soy un fascista de derechas.

    Temo decir que estoy orgulloso de ser hombre porque me dirán homofóbico y machista.

    Temo decir la verdad porque dirán que soy poco cortés.

    Temo quedarme sin empleo y no poder mantener a mi familia. Deseo ser un emprendedor, pero tengo miedo a fracasar.

    Hoy desearía temerle a los vampiros, a la llorona y a los castigos de mamá. A ese monstruo que sale debajo de la cama por la noche y a dormir con las luces apagadas.

    Supongo que en unos años le tendré miedo a la muerte, a morir solo y a perder a mis seres queridos. A descubrir en el recuento de la vida que fracasé y qué no hice aquellas cosas que tanto anhelé.

    El miedo es parte de la vida. El miedo evoluciona, el miedo cambia, como cambia la vida misma.

    El ser humano que no tenga miedo, no es humano. Pero al miedo debemos obsérvalo de cerca como se observa a un a un enemigo y aprender a llevarlo a nuestro lado como a un buen amigo.

  • Segunda oportunidad

    Segunda oportunidad

    Llegué temprano a la cena, algo poco usual para mí, prefiero llegar tarde y así tener una excusa para socializar con menos personas y quedarme menos tiempo. ¿Por qué lo hago? Hace rato que dejé de darle importancia a los eventos sociales. Sin embargo hoy no podía ni quería faltar, llegué temprano. Mi amigo Pablo está celebrando que le diagnosticaron el cáncer en remisión. Le conozco desde que éramos adolescentes y sé lo difícil que ha sido esta etapa. Tienes cuarenta años, te sientes en la cima de la vida y de repente te dicen que tu vida está por terminar. Te das cuenta que no verás crecer a tus hijos. No puedo y ni quiero imaginar lo que se siente. Pero Pablo es un luchador, y como buen luchador, no se rindió. Así que llegué a celebrar.

    Me encontraba con la mujer de Pablo en la cocina, cuando le vi llegar. En realidad me sorprendí un poco, jamás pensé que le vería, pero era obvio ahora que lo pienso. Él es muy amigo de Pablo. Terminé de ayudarla a decorar unas bandejas y salimos al salón, y ahí fue cuando me vio.

    Su rostro se iluminó, abrió la boca y soltó una carcajada, para salir corriendo a abrazarme. ¡Esa mirada!, la genuina felicidad que alguien expresa cuando está feliz de verte y ha sido una sorpresa encontrarte. El frío distante que me caracteriza se disolvió, y una felicidad inexplicable se apoderó de mí. En ese momento olvidamos al resto de las personas, tomamos cada uno una copa de vino y nos sentamos a conversar. Como era una cena íntima entre amigos, nadie lo vio mal, nadie juzgó. Creo que todos podían sentir nuestra felicidad y se contagiaron de ella.

    Hablamos de todo y de nada. Cuando una persona puede leer tu mirada y ver a través de tu alma las palabras sobran. Me contó sobre un cambio profesional que decidió hacer y el riesgo que había tomado. Pude notar que estaba realizándose profesionalmente, y sentir la certeza de un hombre que está destinado al éxito. Cuando le conté de mi loco proyecto me sorprendió la cantidad de conocimiento que tenía de la materia. Sabía perfectamente de lo que hablaba. No tuve que explicar nada, la conversación fluyó por horas. No tuve que justificarme, pude ser yo misma y emocionarme como una niña al hablar con él.

    Él y yo nos conocemos desde muy jóvenes. Nos conocimos por casualidad y la vida se encarga de reencontrarnos una y otra vez. Nunca he necesitado preguntar cuándo lo volveré a ver, porque sé que le volveré a ver.

    Jamás pasó nada romántico entre nosotros, aunque siempre ha habido atracción, amistad, cariño, respeto mutuo y sobre todo una admiración muy grande, ninguno dio ese primer paso, esa primera aproximación. Yo me casé y luego me divorcié. Él se casó con una francesa y tiene una niña maravillosa. Sé que no es feliz, esa noche me preguntó —¿Cómo se sabe cuándo es el momento oportuno de divorciarse?, me encogí de hombros —El momento nunca es oportuno, sólo se sabe que ha llegado el momento, le dije.

    Por supuesto que él es un caballero y jamás entraría en detalles sobre la relación con su esposa, pero su mirada lo dijo todo. Además sé de sus problemas conyugales por su hermana, con quien tengo una bonita amistad y nos vemos al menos un par de veces al año. Su esposa no es feliz en este país, y él ama demasiado este país para marcharse. La verdad no la culpo, pero al mismo tiempo es la decisión que ella tomó al momento que dijo «sí, acepto».

    El encuentro de esa noche marcó mi vida, ya me había dado por vencida. Ya no buscaba el amor. El haber hablado con él, alguien que te comprende y está en la misma sintonía, alguien que no te juzga y que conoce tus defectos, alguien que sabes que de verdad siente aprecio por ti y no una simple lujuria u obsesión temporal. Me hizo añorar, desear, soñar.  Cuando llegas a los cuarenta años comienzas a tomar conciencia de la fragilidad de tu existencia y lo efímero que es tu paso por la vida. Sabes que llegaste a la cúspide, y ahora comienza el descenso.  

    Siempre desee una segunda oportunidad en el amor, sin embargo ahora comprendo que la segunda oportunidad consiste en abrir la mente y el corazón para permitir que las oportunidades lleguen.

    Llegó la hora de marcharse y nos despedimos con un abrazo, con la certeza que volveremos a encontrarnos.

    Y así como termina esta noche de verano, con un viento frío que nos alerta que el otoño se aproxima, así mismo nos recuerda, que aunque estemos en el verano de la vida, el otoño está cada vez más próximo.

  • Nancy Reagan 1921 –  2016

    Nancy Reagan 1921 – 2016

    Como mujer, me siento obligada a rendir tributo a esta gran Dama, sí «Dama» con mayúscula.

    Es triste ver que las nuevas generaciones y las que se auto denominan «feministas», han optado por ignorar el legado que nos ha dejado esta extraordinaria mujer.

    Q.E.P.D. Nancy Reagan, viuda del expresidente norteamericano Ronald Reagan.

    Una mujer admirable en todos los sentidos, nació en 1921, graduada del Girls Latin School, una prestigiosa escuela de Chicago, obtuvo su título universitario en el Smith College de Massachusetts. Luego inicia su carrera como actriz.

    En 1952 contrae matrimonio con Ronald Reagan, matrimonio que duraría 52 años, hasta la muerte de él, en el 2004. Nancy Reagan fue una mujer completa, graduada universitaria, actriz, madre, y ex primera dama de los Estados Unidos.

    Se distinguió por su elegancia y belleza, una mujer que no se dejó encasillar por los estereotipos de su época y que vivió al máximo.

    Jamás sacrificó su feminidad, y supo convertirse en un líder al lado de su marido. Su mayor iniciativa fue la campaña «Di no a las drogas», y posteriormente se convirtió en activista en la lucha contra el Alzheimer.

    Sin lugar a dudas hoy hemos perdido a uno de los grandes legados que nos dejó el siglo XX.

    «Una mujer es como una bolsa de té: no se puede decir lo fuerte que es, hasta que se pone en agua caliente» —Nancy Reagan, ex primera dama de los Estados Unidos