Categoría: Sociedad

  • La moral

    La moral

    Hablar de moral es complicado, ¿qué es la moral?, ¿qué determina la moral?, ¿es objetiva o subjetiva? Es un tema que ha ocupado a filósofos y pensadores a lo largo de la historia.  Se define como moral a una «disciplina filosófica que estudia el comportamiento humano en cuanto al bien y el mal. Y también al conjunto de costumbres y normas que se consideran buenas para dirigir o juzgar el comportamiento de las personas en una comunidad».

    La moral es muy difícil de juzgar, y el derecho juzga las acciones no las intenciones. Evidentemente la infracción de normas morales, en muchos casos, tiene como resultado que se cometa un delito penado por la ley. En el caso de los matrimonios infantiles, es bastante claro. En algunas culturas es algo aceptado, pero para la mayoría es una inmoralidad casar a un menor de edad con un adulto, y constituye un delito.

    Todos hablamos de la moral y me atrevería a decir que la mayoría hemos juzgado acciones inmorales. Pongamos el ejemplo de la persona que comete una infidelidad a su pareja, eso es considerado un acto inmoral para quienes se han comprometido a llevar una relación monogámica. ¿Qué sucede si la pareja lo sabe y lo acepta por temor a perder a su pareja? ¿No creen ustedes que aceptarlo, esa actitud pasiva es de igual forma un acto inmoral? Al no hacer nada aceptamos implícitamente la inmoralidad. Es lo mismo cuando vemos que el vecino se está robando el cable y no lo reportamos, para no «meternos en problemas» con los vecinos. O cuando un compañero de trabajo se roba insumos de oficina y nos hacemos de la vista gorda. Esa «no acción» da un consentimiento tácito. Es muy fácil llamar inmoral y delincuente a alguien, pero ese no actuar nos convierte en cómplices de la inmoralidad e inclusive de un delito, si no es denunciado. Esto se ve mucho en casos de abuso sexual a menores y no lo digo por el menor, sino por los adultos a su cargo.

    Cité los ejemplos anteriores, porque es muy fácil darnos baños de pureza, pero en realidad son muy pocos quienes actúan acorde a sus principios morales y denuncian estos hechos. Y en una sociedad como la nuestra, dónde se aplauden este tipo de conductas inmorales, es un tema aún más complejo. La pareja víctima de la infidelidad dirá que acepta la situación o no dice nada porque no quiere perder a su pareja o la estabilidad, o que lo hace por amor, por su hogar, o sus hijos, etc. Y es comprensible, pero lastimosamente eso es consentir un acto inmoral, por más víctima que se sienta de la situación.  La gran mayoría finge demencia ante estas situaciones, —si me hago el tonto, el que no tengo conocimiento, es más fácil librarme de las consecuencias—, piensan.

    Y de esta forma llegamos a los actos de corrupción, de los cuales, si los aceptamos y nos volvemos partícipes, somos tan inmorales y corruptos como quienes los cometen.

    Por lo tanto, la próxima vez que decida quedarse callado, aceptar y no actuar, al menos reflexione y sea consciente de que es usted un inmoral y un cómplice.

    Imagen cortesía de Ryan McGuire.

    Este artículo de fue publicado originalmente en el diario Siglo.21, el 11 de agosto de 2017. Puede ver el original acá.

  • La muerte del significado

    La muerte del significado

    El lenguaje ha jugado un papel primordial en nuestra evolución como especie. La capacidad de convertir símbolos en lenguaje y transmitirlos. El lenguaje continuó evolucionando hasta el nacimiento del lenguaje escrito. Gracias a que nuestros antepasados nos transmitieron su conocimiento, pudimos seguir evolucionando sin tener que volver a repetir las mismas experiencias. Otro avance se da con la llegada de la imprenta. Lo que hasta entonces había sido una ardua tarea de copiar de forma manual los libros, gracias a esta, se pudieron reproducir y difundir a gran escala. Y con la llegada de la era digital, el conocimiento está al alcance de todos.

    Cuando la Real Academia Española, RAE se fundó en 1713, nace con el propósito de «fijar las voces y vocablos de la lengua castellana en su mayor propiedad, elegancia y pureza». Con esto pretendían que el castellano de Cervantes pudiese ser leído siempre.  Y sí, el castellano ha evolucionado y hay palabras que han caído en desuso, sin embargo, cualquiera puede leer una copia original de El Quijote y comprenderla, si su vocabulario es lo suficientemente amplio.

    Es por ello que el significado real y objetivo de las palabras es importante. Por ejemplo, un gallo es un ave. También hay un tipo de pez que tiene una aleta dorsal en forma de cresta que se llama gallo. Y así se le llama a un hombre fuerte, valiente. Pero por consenso general, un gallo es un ave. La simbología le da al gallo el significado de amanecer, renacer. Pero como la gran mayoría de personas no se comunica de forma simbólica, concentrémonos en el significado objetivo de las palabras.

    Por lo tanto, yo no puedo jugar a cambiarle el significado a las palabras a mi gusto y gracia, simplemente porque me siento ofendida por la connotación que yo creo que esa palabra tiene, o por la connotación que yo le he dado. ¡La fastidiosa tendencia mundial de la corrección política!

    Esta semana un reconocido comunicador, se ofendió por el uso de la palabra «traje típico». ¿Cómo se supone entonces que debo llamarle? ¿En qué momento llamar al traje típico, «típico» se volvió un asunto de racismo y discriminación? ¿Se ofenderá el dulce típico, si le llamo «dulce típico»?

    Considero que esto ya raya en lo absurdo. La lengua no nació para acomodarse a las agendas políticas de sus hablantes. Nació con el objetivo de poder comunicarnos y transmitir nuestro conocimiento. Es imposible predecir la intencionalidad de alguien cuando utiliza una palabra. Es más, si es un verdadero conocedor de nuestro idioma, podrá insultarnos sin que nos demos cuenta. Como dijo Javier Benegas, «La sociedad parece haber roto completamente con el pasado, ya no es capaz de proporcional al individuo una red con un significado común… Lo que cuenta es que cada uno pueda construir una imagen del mundo que le haga sentirse bien». ¿A dónde vamos a ir a parar si cada cual le da el significado que le dé la gana a las palabras? Veo imposible que como sociedad lleguemos a algún entendimiento de esta forma.

    Este artículo de fue publicado originalmente en el diario Siglo.21, el 28 de julio de 2017. Puede ver el original acá.

  • ¿Racismo o apropiación cultural?

    ¿Racismo o apropiación cultural?

    María Chula se ha convertido en un fenómeno social, algo que comenzó con una denuncia y una disculpa, terminó en un debate social a gran escala. El mismo evidenció el descontento general de la población por la medida de CODISRA en contra la empresaria María Andrea Flores, por considerar el nombre de su empresa «María Chula», como peyorativo y discriminativo en contra de las mujeres indígenas.

    Quienes defienden la postura de CODISRA critican a la población indignada, con la acostumbrada superioridad intelectual que los caracteriza. Como es habitual, hicieron uso de su adornada semántica y citaron a todo filósofo y humanista que valide su postura. Lo traduzco y resumo para ustedes, «Somos racistas por ignorancia, lo hacemos por costumbre. La intención de racismo no cuenta, porque somos racistas y por consiguiente lo hacemos de forma inconsciente». Por lo tanto, ellos, en uso de su superioridad moral e intelectual, nos evidencian nuestras carencias humanas e intelectuales.  Su postura arrogante me recordó a esta frase que leí en el libro «Hombres buenos» de Arturo Pérez-Reverte, «Son parásitos retóricos que se nutren de ellos mismos, intercambiando vanidades y favores».

    Según esta línea de pensamiento, María Andrea Flores, actuó deliberadamente al poner un nombre racista a su empresa. Ella es culpable de racismo, porque al igual que el resto, somos racistas de forma inconsciente. Sin embargo, el guatemalteco no se dejó y en este caso no silenció. Exaltó la voz y está defendiendo no su racismo, sino su identidad cultural. Y he aquí el tema que en lo personal me parece el tema central. El adjetivo «chula, lo» (bonita, bonito), es algo que nos apropiamos culturalmente, que nos define como sociedad, que nos da una identidad. Que vengan a cuestionarnos su significado y nuestra intención, generó indignación y enojo. ¡Nos están robando nuestra identidad!

    CODISRA luego explicó que era el contexto, vender ropa con motivos típicos y utilizar el nombre propio «María» y el adjetivo «chula», lo que es racismo. Curiosamente circuló en redes la imagen de una empresaria indígena cuyo negocio se llama «Chuladas». ¿Qué ironía no? ¿También es racismo? ¿O por ser la propietaria indígena, no aplica?

    ¿Qué sucede si me dirijo a una indígena y le digo «mija»? Otro término muy chapín, que, sacado de contexto, se podría decir que es una expresión racista porque conlleva un paternalismo implícito.

    No voy a negar que en Guatemala existe racismo, lo hay, como lo hay en todos los países del planeta, en mayor o menor grado. Pero este tipo de acciones solo abren más la brecha y ridiculizan un tema que debe ser tratado con seriedad.

    Lo único que van a lograr es que las personas con tal de no meterse en problemas, evadan lo indígena y que como consecuencia se pierda de la cultura.

    Para cuando traten de echar marcha atrás será demasiado tarde y por supuesto que nos acusarán de haber perpetuado un «genocidio cultural», en contra de la cultura indígena.

    Este artículo de fue publicado originalmente en el diario Siglo.21, el 21 de julio de 2017. Puede ver el original acá.

  • Guatemala, el país que premia las malas decisiones

    Guatemala, el país que premia las malas decisiones

    El pasado 3 de julio se vio marcado por la violencia y las críticas sociales. Hablemos en particular sobre el trágico incidente en el Centro Juvenil de Detención Provisional Gaviotas. Lo sucedido generó noticia y con ella las diversas opiniones que nos caracterizan. En Twitter leí lo siguiente: «Cuando leo los comentarios de los guatemaltecos condenando a jóvenes inocentes de esa forma, pierdo toda esperanza en este país».

    Decidí investigar más a fondo el motivo de estas críticas a quienes ejercen su derecho a expresarse libremente. En particular, en los comentarios a las publicaciones en medios de comunicación en las redes sociales.  Si bien, no eran todos, la gran mayoría de comentarios iban dirigidos a críticas a la PDH, y en denominar a estos reclusos asesinos.

    Detengámonos aquí, estoy de acuerdo en que estos jóvenes vienen de ambientes sumidos en la pobreza, la violencia y la falta de oportunidades. Y también estoy de acuerdo en que deberíamos generar programas que ayuden a atacar el problema antes que se presente. Sin embargo, parece que en este país para demostrar que tenemos calidad humana debemos defender las conductas antisociales y llamar víctimas a los delincuentes.  Déjenme decirles que es lo contrario, a quienes debemos defender y llamar héroes es a los millones de guatemaltecos que, aun viviendo en las mismas circunstancias, optan por hacer lo correcto. Por llevar una vida digna, por estudiar, trabajar y ganarse el sustento diario. Y son ellos las principales víctimas de los antisociales. Considero que estos guatemaltecos tienen más derecho que ningún otro a llamar asesino al pandillero que mató a su padre, a su hermano, a su hijo. Ellos sí saben lo que hablan porque lo ha vivido en carne propia, ¡lo viven a diario! Y al ver muchos de esos perfiles, de los «insensibles que condenan» a los reclusos, veo que son gente de barrio, gente sencilla, gente que decidió llevar una vida digna y ahora son juzgados por expresar sus sentimientos.

    No es falta de humanidad, es cansancio, la gente ya se hartó. ¡Escúchenlos! ¿Y de ahí se preguntan por qué las urnas no reflejan sus ideales y sentimientos? Sucede que en Guatemala la gran mayoría vivimos en burbujas y parecemos focas aplaudiéndonos entre nosotros mismos, lo que nos da una percepción errónea de la realidad nacional. Y no, afuera hay un mundo, una sociedad que clama a gritos y no la estamos escuchando.

    Peor aún, muchos de estos criticones y descontentos, no celebran y mucho menos apoyan la gran labor que grupos como la Biblioteca Bernardo Lemus y la Asociación Los Patojos, por nombrar algunos, están realizando. Estos grupos trabajan sol a sol para atacar muchos de estos problemas, llevando esperanza a sus comunidades, a nuestros niños y jóvenes.

    Dejemos de aplaudir las malas decisiones de algunos y reconozcamos a los verdaderos héroes, esa mayoría de chapines luchadores, que optó por hacer lo correcto y no se dejó vencer por la delincuencia.

    Este artículo de opinión fue publicado originalmente en el diario Siglo.21, el 7 de julio de 2017. Puede ver el original acá.

  • La persona correcta

    La persona correcta

    En países como Guatemala, en el que abundan los bienintencionados que desean hacer cambios profundos, he notado un común denominador, «¡Yo conozco a la persona correcta!».

    Evidentemente sin ciudadanos capaces es imposible llevar a cabo ningún cambio, pero no podemos obsesionarnos con la persona correcta. Los humanos no somos perfectos, miles de veces hemos visto ejemplos de buenos individuos, capaces y con buenas intenciones, que luego de llegar al poder se convierten en monstruos y tiranos. Y en el mejor de los casos, no logran hacer nada de lo que prometieron que harían antes de llegar al poder.

    Para hacer las cosas bien, no solo se necesita tener capacidad y buenas intenciones, se necesita liderazgo, visión, capacidad de delegar, rodearse de un buen equipo y, sobre todo, humildad para reconocer los errores. Como bien dice el dicho, «El camino al infierno está plagado de buenas intenciones». Si con buenas intenciones se cambiara el mundo, seguramente ya seríamos un mundo mejor, la mayoría de personas que conozco tienen buenas intenciones.

    Lo preocupante es ver como esas personas bienintencionadas no dudarían ni un minuto en acabar con las pocas instituciones que aún nos quedan en este país, con tal de llevar al poder «la persona correcta». Y esto sucede en ambos lados de la esfera política nacional. Están obsesionados por que gobierne a la persona correcta.

    Nadie en su sano juicio puede negar que se necesitan reformas y cambios integrales. Y evidentemente mejor liderazgo, pero cambiando la cabeza no se soluciona nada si tenemos un cuerpo débil y enfermo.

    El problema de hablar de instituciones, es que es un tema abstracto. A la buena persona la conozco, me han hablado de él, he almorzado con ella, es amiga de mi hermana, era el mejor de la clase, etc. A la buena institución, la gran mayoría de guatemaltecos no tenemos la capacidad de reconocerla hasta que necesitamos de ella. La buena institución es aquella que garantiza que las cosas funcionarán, independientemente de quién sea la persona correcta.

    El principal problema que se da al buscar a esta persona, es que cada uno de nosotros tenemos una idea distinta de lo que significa ser «la persona correcta». Para una persona enferma y sin recursos será quien le ayude a pagar sus gastos médicos, sin importar que esa persona sea un narcotraficante. Para una persona de izquierda será quien acabe de una vez por todas con el ejército y cuadruplique los impuestos a los empresarios. Para un mercantilista será quien le otorgue más privilegios a él y a sus amigos, para un conservador será quien prohíba la homosexualidad. Para un libertario, será quien reduzca el tamaño del estado, y así sucesivamente. Estos ejemplos, si bien un poco radicales, son tan sólo una mínima muestra de lo que para cada uno de nosotros significa ser la persona correcta. Por lo tanto, que tal si dejamos de buscar a esa persona y nos concentramos en hacer cambios estructurales e institucionales, que no dependan de la persona que llegue al poder.

    Este artículo de opinión fue publicado originalmente en el diario Siglo.21, el 16 de junio de 2017. Puede ver el original acá.

  • ¿Tiene límites la comunicación y la libertad de expresión?

    ¿Tiene límites la comunicación y la libertad de expresión?

    Hace unas semanas se hizo pública una imagen de la comediante Kathy Griffin, en la que sostiene en la mano una cabeza decapitada, del presidente estadounidense, Donald Trump. La imagen fue ofensiva para muchos, además de ser de mal gusto.

    Respeto del derecho de Griffin de estar en contra del presidente de los Estados Unidos, y defiendo su derecho a expresarse libremente. Pero otra cosa muy distinta, es exceder ese límite.Se preguntarán ustedes, ¿cuál es el límite? El límite es una línea divisoria muy sutil y poco perceptible. Ese límite lo dicta el sentido común y la razón.

    Es correcto y hasta sano que en una sociedad existan críticas a sus gobernantes y a su forma de gobierno, pero otra muy distinta es llevar esa crítica a extremos que no logran absolutamente nada positivo. Es más, la comediante que era co-presentadora del espectáculo de Año Nuevo, de la cadena de noticias CNN fue despedida, debido a esta fotografía.

    En publicidad es importante llamar la atención, pero no llevada a extremos.

    Es un hecho que si se vive de la vida pública es bueno que ser mencionado con frecuencia, en principio no importa si hablan bien o mal, lo importante es ser mencionado. Las celebridades y los artistas recurren a este método para llamar la atención y para ello generan comportamientos y conductas que dan de qué hablar. El problema es que muchos exceden ese límite y pierden el respeto de su audiencia y se convierten en una caricatura de ellos mismos. Sin embargo, en el mundo del espectáculo nada es duradero ni permanente.

    La comunicación es eficaz cuando nuestro mensaje llega a ser captado, entendido y difundido por quienes son los receptores del mismo. Conductas extremas de ese tipo son como una llamarada de fuego que se extingue rápidamente. «Llamaradas de tusa» como decimos en buen chapín. Fuera de dañar la reputación y credibilidad de la persona, no tienen un impacto a largo plazo.

    En Guatemala es más frecuente que los políticos y los generadores de opinión recurran a esta forma barata de llamar la atención, que los artistas y celebridades. Y digo barata, porque es fácil crear controversia y dar de qué hablar. Lo difícil en nuestro medio es difundir el mensaje y ganarse el respeto y la admiración de los demás.

    El problema es que políticos y generadores de opinión no se han dado cuenta que a un artista es fácil perdonarlo y olvidar, mientras que de ellos esperamos una conducta profesional y ética. ¿No son ellos de quienes dependemos para gobernar el país y estar bien informados?

    La conducta de esta comediante unió a defensores y detractores del presidente Trump al reconocer que este había sido un extremo que no debe ser permitido. Por supuesto que no faltó el que intentó defenderla, argumentando que el pastor extremista, Terry Jones, había ahorcado y quemado una figura del expresidente Obama. Que existan antecedentes de ese tipo de conductas, no justifica las mismas. Es incorrecto en ambos casos.

    Este artículo de opinión fue publicado originalmente en el diario Siglo.21, el 2 de junio de 2017. Puede ver el original acá. 

    © Kathy Griffin Donald Trump beheaded head; Photo by Tyler Shields.

  • El aprendizaje

    El aprendizaje

    Hace unos días encontré a una conocida, ella iba con sus hijas y habían ido al cine a ver «Guardianes de la Galaxia 2». Le pregunté, —¿qué tal está la película? En realidad, yo no tenía el menor interés, pero es el tipo de cosas que uno pregunta por cortesía o hipocresía, no sé.  Ella me indicó que le gustó y sus hijas asintieron afirmativamente.  Para mi sorpresa, se dirigió a sus hijas y les preguntó, —A ver niñas, ¿cuál fue el aprendizaje que sacaron de la película? Una de las hijas es adolescente y la otra quizá tenga unos diez u once años. La hija mayor giro los ojos hacia arriba y no dijo nada, la pequeña en cambio, muy vivaz respondió, —A veces buscamos cosas en otros lugares que en realidad siempre hemos tenido a nuestro lado.  Me pareció un excelente comentario, y aunque yo no he visto la película, la madre y la hermana mayor asintieron. Ahí terminó el encuentro y cada cual siguió su camino.

    Aunque pareciera un encuentro casual, me dejó con un mal sabor de boca. ¿Por qué tiene que haber un proceso de aprendizaje consciente al ver una película de Marvel? Sobre todo, si esa película es «Guardianes de la Galaxia 2» ¿Por qué esa madre tiene que pensar que todo tiene un aprendizaje consciente? ¿No podemos disfrutar de una película por simple entretenimiento?

    Me explico, desde que nacemos estamos aprendiendo y no terminamos de aprender hasta el último día de nuestra existencia. Pero una cosa es la instrucción formal, la consciente y otra muy distinta la vivencial. La que nos da la experiencia, la vida, los errores.

    No me parece correcto atormentar a los niños con este tipo de preguntas, una cosa es preguntarles si les gustó la película y ¿por qué? o cuál fue su parte favorita, etc. Y otra muy distinta es robarles el placer del entretenimiento para que nos digan que aprendieron. Las personas más exitosas son aquellas que nunca terminan de aprender, las que aman el conocimiento, pero pocas de ellas, pensarán que una película de ese tipo les dejará un aprendizaje formal. La función de ese tipo de películas es entretener, no educar. No me quiero imaginar, las preguntas que les hará a sus hijas cuando leen un libro, ¡con razón de adultos no quieren leer ni la etiqueta de la pasta dental!

    Yo me autodenomino una bibliófila, algunos me dirán ratón de biblioteca, pero les soy honesta, hay libros que no me dejan absolutamente nada, los leo por entretenimiento, porque disfruto su lectura, mas no con el ánimo de aprender. Evidentemente, siempre aprendemos algo de un libro, por ejemplo, el uso correcto del lenguaje, si está bien escrito y editado. O la experiencia de no volver a leer a ese escritor o ese género. El valor a largo plazo es muy alto, pero si yo viera la lectura como aprendizaje, seguramente no leería nada.

    El ser humano, y en especial los niños necesitan distraerse, aprender mediante el juego y la diversión, e inclusive el aburrimiento. No los torturemos de esa forma para pretender ser padres modelo.

    Este artículo de opinión fue publicado originalmente en el diario Siglo.21, el 19 de mayo de 2017. Puede ver el original acá. 

  • El país de las incongruencias

    El país de las incongruencias

    El pasado 24 de abril, escuchaba una entrevista a un diputado al Congreso de la República y a un psicólogo, sobre el proyecto de ley que está impulsando dicho diputado sobre la legalización de la mariguana.

    El diputado comentó que esta es la segunda iniciativa que presenta. La propuesta anterior incluía la legalización, consumo y producción de la mariguana medicinal y recreativa. El nuevo proyecto de ley no incluye lo recreativo, únicamente lo medicinal y científico.

    El debate fue interesante, y como indicaron el entrevistador y el diputado, esta es una tendencia global. Cada día son más los países que se suman a la legalización. Existe un cuestionamiento generalizado sobre la efectividad de la prohibición y los beneficios de la legalización.

    En lo personal estoy completamente de acuerdo en que debe legalizarse, ¿cuántas vidas inocentes se pierden por culpa del narcotráfico? La mariguana ha demostrado tener efectos medicinales beneficiosos para diferentes dolencias, y como indicaba el diputado, se abre la oportunidad para que se desarrolle una nueva industria en torno al cánnabis.

    Hasta ahí todo bien, el psicólogo se oponía a la legalización, e indicaba los peligros de legalizar el consumo. A ver, las drogas no son buenas. Pero en el caso de la mariguana, esta ha demostrado su efectividad en el tratamiento de ciertas dolencias. En el tema recreativo, yo soy de la opinión de que las personas deben decidir libremente que consumen y asumir su responsabilidad. La prohibición no disminuye el consumo.

    Ahora bien, el diputado en cuestión comentó que él también había presentado una iniciativa de ley para prohibir el consumo de «comida chatarra». Según él mismo indicó, «la iniciativa buscaba impedir que los niños en centros escolares públicos y privados, tuvieran acceso y consumieran en sus instalaciones comida chatarra, lo que incluía bebidas azucaradas, comida rápida, papitas, galletas, etc.». El psicólogo lo cuestionó al respecto y yo no sólo comparto su cuestionamiento, sino que quisiera elaborar.

    ¿Está bien legalizar el consumo de mariguana, pero debemos prohibir la comida chatarra? En realidad, no sé si es incongruencia o confusión, pero al final viene siendo lo mismo.  No entiendo el razonamiento que lo lleva a aceptar una y prohibir la otra. Si partimos de la premisa de que cada individuo tiene la libertad de decidir sobre su vida y de que las prohibiciones no son efectivas; eso debe incluir la mariguana y la comida chatarra, entre otras cosas. ¿Quién es el estado para decirme qué comer y qué no? Si bien la comida chatarra no es saludable, en exceso. Tampoco lo es prohibirlo.

    Parece que se les olvida el famoso y peligroso eslogan fascista del partido Nazi, que tenía como premisa que la salud del individuo, era la salud del estado alemán, y versaba:

     «Tu cuerpo le pertenece a la nación. Tu cuerpo le pertenece al Führer. Tienes la obligación de estar saludable. ¡La comida no es un asunto privado!».

    Este artículo de opinión fue publicado originalmente en el diario Siglo.21, el 5 de mayo de 2017. Puede ver el original acá. 

  • Transformación digital y transformación social

    Transformación digital y transformación social

    Recientemente tuve la oportunidad de familiarizarme con la transformación digital, y me sorprendió mucho la correlación que existe entre la transformación digital y la transformación social, me explico.

    Para comenzar, definamos lo que es la transformación digital. Se conoce como transformación digital a la modernización de una empresa, negocio o institución a través del uso de la tecnología. Necesitamos de ella para poder adaptarnos a los cambios tecnológicos. La digitalización puede ser simple o compleja, comprar un nuevo teléfono inteligente, una nueva computadora, actualizar nuestros programas de software o la adquisición de equipos y programas más complejos. De manera simplificada, opera así para la gran mayoría. La medicina sufre avances tecnológicos constantes, la educación y los restaurantes están lanzando aplicaciones para teléfonos móviles. Una academia de arte, una galería o un museo necesitan de un «App» o bien ofrecer un tour virtual en sus páginas web. El mundo cambió, es una realidad. Y si no nos actualizamos, nos quedamos atrás.

    ¿Qué hay de la transformación social? Gracias a la tecnología y las comunicaciones, en algunos casos, se están acelerando los cambios sociales o al menos los ciudadanos ya no viven aislados. Estonia, por ejemplo, ya cuenta con un gobierno digital y se puede aplicar a la ciudadanía digital de ese país. Sucesos como los que hemos visto esta semana en Venezuela ya no pasan desapercibidos, podemos ver en tiempo real lo que está sucediendo. Las personas tienen más consciencia de su entorno y hemos visto cómo las redes sociales han revolucionado el periodismo.

    Ahora hablemos de Guatemala. En este país hay más líneas telefónicas que habitantes, los teléfonos inteligentes son cada día más populares y son muchas las personas que utilizan al menos una red social. El acceso a Internet aún es limitado, pero empresas como Facebook a través de su iniciativa ‘Internet.org’, pretende hacer accesible el Internet a los dos tercios de la población global que aún no están conectados. Es indudable que la tecnología en este país va de la mano con los movimientos sociales. El paro, las protestas y las marchas del 2015 fueron organizadas y convocadas por medio de las redes sociales.

    ¿Y entonces? ¿Por qué las cosas no cambian en Guatemala? Muy sencillo, nuestra mentalidad aún no está lista para la transformación digital y mucho menos para la transformación social. ¿Cuántas personas prefieren que les instalen un programa pirata en vez de pagar la versión original? ¿Cuántos memes no se hacen en Photoshop pirata? La suscripción mensual a Photoshop vale $ 9.99 USD mensuales, es un precio accesible, y aun así preferimos hablar con el amigo para que nos instale la versión pirata. Sin embargo, exigimos transparencia al gobierno, criticamos la corrupción y a quienes evaden impuestos, pero escribimos indignados con una versión pirata de Word, ¿no les parece una contradicción?

    Este artículo de opinión fue publicado originalmente en el diario Siglo.21,  el 21 de abril de 2017. Puede ver el original acá. 

  • ¿Educación pública o educación privada?

    ¿Educación pública o educación privada?

    Después de la salud y la seguridad, me atrevería a decir, que la educación es uno de los temas que más preocupa a los guatemaltecos.

    Para que la educación pública funcione, se necesita hacer una reforma educativa integral. El sistema es deficiente, corrupto y es utilizado por los políticos de turno y líderes sindicales para enriquecerse, y manipular la agenda política.

    Sin embargo, hay varios países en dónde la educación pública funciona, Finlandia es para mí el mejor ejemplo.

    ¿Podría Guatemala aspirar a una educación pública como la de Finlandia? Difícilmente, ya que el éxito finlandés no radica exclusivamente en el modelo y en la forma que el gobierno la administra. Radica en sus habitantes, es un tema cultural más que político. Ser maestro conlleva un prestigio social. Solo los mejores alumnos del bachillerato pueden optar a la prueba nacional de selectividad, que sólo el 10% aprueba. La carrera universitaria de docencia tiene una duración de cinco años. Ahí aprenden pedagogía, psicología de la educación, didáctica, etc. Y se toman en cuenta aptitudes cómo la empatía, la comunicación y la capacidad social. En pocas palabras, sólo los mejores y los más capacitados llegan a convertirse en maestros. Sumado a esto, el método educativo finlandés es uno de los más innovadores. Son conscientes que el niño también aprende cuando juega y se divierte. Se les enseña a aprender, y sobre todo a razonar y utilizar el pensamiento crítico y analítico.

    Por otro lado, tenemos la educación privada en nuestro país, que, debido a la ineficiencia estatal, hace que cada día sea mayor el número de padres que hacen el esfuerzo de inscribir a sus hijos en colegios privados. Lastimosamente, muchos de estos centros educativos piensan más en el negocio que les representa, que en la educación de sus estudiantes. Más de alguna vez hemos escuchado a alguien decir, «hay que poner un colegio porque es un buen negocio».

    Los pocos colegios que buscan la excelencia y han decidido innovar, han sufrido, en algunos casos, críticas severas por parte de los mismos padres de familia. Quienes aún consideran que una buena educación consiste en dejar muchas tareas y enseñar mucha matemática e inglés. Por la importancia que le damos en este país a la matemática, cualquiera pensaría que somos la Meca de Latinoamérica en ciencia y tecnología, cuando la mayoría no sabe las tablas de multiplicar. La educación bilingüe me parece muy importante, pero muchos de estos jóvenes que hablan inglés, no pueden tan siquiera redactar una carta sin errores gramaticales y ortográficos en español, y desconocen la historia nacional. La matemática es importante, pero la investigación en nuestro país es casi inexistente. El pensamiento crítico, ni se enseña ni se estimula. La lectoescritura tiene poca o ninguna relevancia. Entonces, el problema por el momento no es quien provee la educación, sino que como sociedad no priorizamos la educación, por mucho que de ella nos quejemos.

    Este artículo de opinión fue publicado originalmente en el diario Siglo.21, el 7 de abril de 2017.  Puede ver el original acá.