Categoría: Sociedad

  • Todos somos culpables

    Todos somos culpables

    Los seres humanos tenemos por costumbre culpar a otro de nuestras desgracias. En algunos casos es así, son otras personas las responsables, pero en la gran mayoría de casos somos nosotros quienes nos buscamos nuestros propios males y si vamos más allá, somos los responsables de cómo reaccionamos ante la adversidad y los problemas.

    ¿Cómo pretendo que el gobierno no sea corrupto si yo me robo el cable del vecino? ¿Con que moral me voy a convertir en el paladín de la lucha anticorrupción, si apoyo y victimizo a un grupo organizado de delincuentes que se roba la electricidad en las comunidades? Un delito es un delito y no porque yo simpatizo ideológicamente con uno o con el otro, lo convierte en algo lícito.

    Los etiquetamos de troles o «netcenteros», —la palabrita del momento—, si sus ideas son contrarias a las nuestras. Por el contrario, les llamamos activistas si opinan como nosotros. Y esto se da a nivel nacional e internacional.

    Una mujer, inmigrante, vegana y feminista dispara contra un grupo de empleados inocentes en las oficinas de YouTube y justifican a la mujer porque tenía problemas mentales. Sus acciones son tan criminales como las del chico que disparó recientemente en una escuela en la Florida, sin embargo, los medios de comunicación y los activistas le han dado poca importancia a la noticia, como si el delito no fuese el mismo. En el primero reconocen que era una enferma mental, en el segundo culpan a la poca regulación que hay sobre las armas de fuego. Da la impresión de que hasta para ser criminal hay que estar del lado políticamente correcto. ¡A lo que hemos llegado!

    Hablemos del famoso «Facebookgate», la «filtración» de datos de más de 87 millones usuarios de Facebook. Si bien Cambridge Analytica tomó la información de los usuarios de Facebook, esta no lo hizo a la fuerza sino con el consentimiento del usuario. Porque cada vez que aceptamos una aplicación, les estamos dando permiso a que tome nuestra información, y lo que es peor, la de nuestros contactos. Pero es más fácil decir que fue una conspiración para robar los datos. ¡No hay una conspiración! Simplemente, ahora se comienzan a dar cuenta los usuarios que no hay tal cosa como una red social gratuita, ya que la información de los usuarios es muy valiosa, valiosa en términos de mercadeo, y ahora también se ha convertido en una herramienta valiosa para los políticos. Pero la culpa es nuestra, por cada «me gusta», que damos, por cada aplicación que permitimos que acceda nuestra información de forma voluntaria.

    Es sumamente fácil culpar a otra persona o a las circunstancias de nuestras desgracias y de nuestros errores, y se requiere de mucho valor y madurez emocional para aceptar nuestra responsabilidad. Tristemente, las corrientes políticas, religiosas e ideológicas predominantes no ayudan mucho en el tema, ya que es más fácil responsabilizar al estado o a un ser supremo por nuestra desdicha que afrontar la responsabilidad. Por lo tanto, seguimos esperando con ansias la llegada de un mesías salvador que venga a rescatarnos, en vez de tomar responsabilidad y convertirnos en agentes de cambio.

    Si prestamos atención, veremos que en la mayoría de casos en vez de plantear soluciones objetivas, nos enfocamos en buscar o idolatrar al mesías salvador. Las campañas políticas y el activismo se enfocan en los individuos, no en el cambio de reglas, en las leyes y en las instituciones. Bajo mi punto de vista las cosas no van a cambiar hasta que dejemos de culparnos los unos a los otros y nos demos cuenta de que todos somos culpables.

    Este artículo de fue publicado originalmente en el diario El Siglo, el 6 de abril de 2018. Puede ver el original acá.

  • Los ofendidos

    Los ofendidos

    Si algo caracteriza la época actual son las ofensas, es muy fácil ofender. Las ofensas están siendo llevadas a tal extremo que hasta da la impresión de que a los activistas de determinadas agendas les pagan por ofenderse. Pero no son solo los activistas, es una mayoría creciente de personas sin tolerancia y sentido común que alimentan esta tendencia. En realidad, están en todo su derecho a ofenderse, pero no están en su derecho de querer cambiar a toda una sociedad, sus costumbres, su cultura, su idiosincrasia y hasta su historia, porque a ellos les ofende la sola existencia de alguien que no comparta sus ideales e ideas.

    Esta semana el Museo Metropolitano de Nueva York, publicó en su perfil de Facebook una pintura de la artista Cecilia Beaux (1855–1942), la pintura se titula Ernesta (La niña con su enfermera). En la misma podemos observar a la sobrina de la artista quien para ese entonces 1894, tenía alrededor de 2 años, junto a su nana. La niña se ve de cuerpo entero, mientras que de la nana solo se observa de la cintura para abajo. La nana tiene sujeta la mano de la niña y como indica el museo en su publicación: «La mano de Mattie (el nombre de la enfermera), sirve como un símbolo universal de protección y seguridad». Lo curioso de todo esto fue que las personas no tardaron en mostrar su ofensa ante una obra que fue pintada en siglo XIX, porque la nana sale cortada. Pierden de vista el simbolismo de la mano y, sobre todo, pierden de vista lo hermosa que es la pintura y el contexto histórico en el cual la obra fue creada. ¿Quisiera saber cuántas de estas personas tienen en su foto de perfil una fotografía en donde aparecen con las personas que, sin ser sus padres, les cuidaron cuando eran niños? Las celebridades de hoy en día suben a sus redes sociales fotos de sus hijos y la gran mayoría de estos tienen niñeras, ¿les están reclamando porque no suben la fotografía de los niños con la niñera?

    Photo Maria DeWitt Jesup Fund, 1965 | Ernesta (Child with Nurse) by Cecilia Beaux

    Esto no es la primera vez que sucede y en nuestro medio ocurre constantemente, recordarán ustedes el famoso «María Chula» y otros más recientes. Los cuales prefiero no mencionar en este espacio, para no crear más polémica.

    Hay una línea divisoria, no tan fina, entre causar ofensa y libertad de expresión. Sin embargo, es difícil ejercer una sin la otra. El problema son los extremos a los cuales se está llevando. Por eso para mí las acciones deben ser siempre más importantes que las intenciones. La excusa más común es, ¡no fue mi intención! Cuando en muchos casos es evidente que sí fue la intención. Aun así, debemos enfocarnos en las acciones para evitar caer en la censura moral de las intenciones ajenas. El derecho juzga las acciones, muchas personas han tenido deseos de asesinar a alguien, sin embargo, la ley sólo persigue y juzga a quienes cometen el delito.

    Por lo tanto, en vez de andar censurando a diestra y siniestra, preguntémonos si la acción corresponde a un delito, o si quizá incita a un delito y no es simplemente una persona ejerciendo su derecho a expresarse libremente. Evidentemente lo estoy simplificando, pero creo que es una buena pauta para analizar estas situaciones.

    Ahora bien, cada día es más común escuchar a personas acusar a quienes piensan diferente a ellas y ha aumentado el número de denunciarlos y bloqueos de usuarios en las redes sociales, simplemente porque opinan de forma distinta, y se está saliendo de control.

    Para comenzar no comprendo por qué son tan masoquistas de seguir o tan siquiera leer a quienes les desagradan. Parece ser que lo que buscan es conflicto para demostrar su superioridad moral e intelectual. Y por lo general ocurre lo opuesto, porque esos argumentos difícilmente alcanzan un buen nivel porque nacen del hígado y no dé la razón. El insulto favorito para quien piensa distinto es «trol» o «netcentero», descalificando por completo al individuo por el simple hecho de disentir. Con esto no quiero decir que no existan perfiles falsos, los hay. Pero es imposible que sean todos aquellos a quienes se les acusa diariamente. Pareciera entonces que todos somos un netcenter a los ojos de estos intolerantes.

    Y esto en realidad es una forma de censura, así como censuran los libros y las obras de arte, pretenden censurar todo aquello que les incomoda y a toda persona que ejerza su derecho a expresarse libremente. En vez de respetar la diversidad que tanto aclaman buscan una homogeneidad que está acabando con la individualidad.

    Este artículo de fue publicado originalmente en el diario El Siglo, el 23 de marzo de 2018. Puede ver el original acá.

  • El hombre mediocre y las redes sociales

    El hombre mediocre y las redes sociales

    El sociólogo y médico italo-argentino, José Ingenieros, escribió en 1913 la obra titulada, «El hombre mediocre».  El hombre mediocre para Ingenieros es aquel que, «es incapaz de usar su imaginación para concebir ideales que le propongan un futuro por el cual luchar. De ahí que se vuelva sumiso a toda rutina, a los prejuicios, a las domesticidades y así se vuelva parte de un rebaño o colectividad, cuyas acciones o motivos no cuestiona, sino que sigue ciegamente». Otra de las características del hombre mediocre es la envidia, a la cual le tenemos que sumar, la arrogancia, la ignorancia y la soberbia. ¿Les suena familiar? Estoy segura de que esa descripción les recordará al menos a un par de personas, sino más.

    Últimamente he estado bastante alejada de las redes sociales, y me he enfocado en la literatura y la historia. ¿Por qué? Porque todos necesitamos tomarnos un descanso de la mediocridad, sobre todo porque en las redes sociales el hombre mediocre inventa agresiones para justificar su mediocridad, y las últimas semanas han estado plagadas de agresiones en ambos lados del espectro.

    El hombre mediocre inventa agresiones para justificar su mediocridad

    En Estados Unidos, los usuarios de redes sociales han manifestado sentimientos similares, y según lo recientemente publicado por Statista, el 59% de los usuarios podría prescindir del uso de ellas. A esto debemos sumarle la baja en la teleaudiencia que tuvieron eventos populares para los estadounidenses, como lo son los premios Globo de Oro, los Grammy y los mismos Oscar, reportando estos últimos, la audiencia más baja registrada de los últimos años.

    Muchos atribuyen estas bajas al aumento de los servicios de distribución digital de contenido multimedia por medio del Internet, —streaming—. Otros, lo atribuyen a la politización de estos programas. Los televidentes disfrutan de estos espectáculos para entretenerse no para escuchar hablar de política. Para mí que es una mezcla de ambos, y uno complementa al otro. Esté o no de acuerdo con sus puntos de vista, llega el momento que cualquiera se cansa de escuchar lo mismo, una y otra y otra vez. Si a eso le sumamos la facilidad de ver cualquier película o serie por medio de Netflix, o cualquier otro servicio, evidentemente la audiencia pierde el interés en estos programas que solían dominar los ratings de audiencia. Adicional a esto, creo que estos premios no han sabido evolucionar, es agotador escuchar a los ganadores agradecer hasta a su gato por el galardón obtenido.

    Pero ya nos alejamos del tema principal, el hombre mediocre, aunque en realidad Hollywood está plagado de ellos, individuos sin ideas propias que solamente repiten y copian lo que otros hacen y es por ello, que ha decaído tanto la calidad de las películas en los últimos tiempos.

    Sin ir muy lejos, en este espacio comentaba recientemente sobre un individuo que copia tuits ajenos y los transcribe a Facebook como propios. Este encaja perfectamente en la definición de Ingenieros, porque el hombre mediocre no tiene ideas propias, este piensa y repite lo que otros dicen. Esto no significa según Ingenieros que no tenga «talentos», sino que nunca llega a desarrollarlos.

    El hombre mediocre es el «hombre masa» del que nos habla José Ortega y Gasset en su libro, «La rebelión de las masas», que se comienza a publicar en 1929. «Este hombre-masa es el hombre previamente vaciado de su propia historia, sin entrañas de pasado y, por lo mismo, dócil a todas las disciplinas llamadas «internacionales». Más que un hombre, es sólo un caparazón de hombre constituido por meres idola fori; carece de un «dentro», de una intimidad suya, inexorable e inalienable, de un yo que no se pueda revocar. De aquí que esté siempre en disponibilidad para fingir ser cualquier cosa. Tiene sólo apetitos, cree que tiene sólo derechos y no cree que tiene obligaciones: es el hombre sin la nobleza que -sine nobilitate-, snob.»

    No me resta más que recomendarles leer ambos libros, tanto Ingenieros como Ortega y Gasset nos muestran el mal de nuestros días, la mediocridad. Y la abundancia del hombre masa que pulula las redes sociales.

    Este artículo de fue publicado originalmente en el diario El Siglo, el 16 de marzo de 2018. Puede ver el original acá.

  • ¡Un poco de congruencia!

    ¡Un poco de congruencia!

    Los últimos días han demostrado la poca congruencia que existe en nuestro país. La congruencia crea consistencia y esta a su vez, credibilidad y confianza. ¿Qué es la congruencia? La palabra congruencia deriva del latín congruentia, y según el diccionario es la «coherencia o relación lógica que se establece entre dos o más cosas».

    En el ámbito personal, una persona congruente es aquella que vive y actúa según su escala personal de valores y creencias. Hay una relación entre lo que se piensa, se dice, se hace y se siente. Lo contrario de llevar una vida congruente es lo que se conoce psicológicamente como «Disonancia Cognitiva», y «hace referencia a la tensión o desarmonía interna del sistema de ideas, creencias y emociones (cogniciones) que percibe una persona al mantener al mismo tiempo dos pensamientos que están en conflicto, o por un comportamiento que entra en conflicto con sus creencias».

    Desgraciadamente vivimos en una sociedad en la que la mayoría de personas no le dan importancia a la congruencia. Es importante tener presente que la congruencia no es algo que necesariamente genera un beneficio a la sociedad, es un beneficio altamente personal y tampoco está relacionado con la moral. Un asesino puede ser congruente consigo mismo ya que vive según su escala de valores y creencias, por más distorsionadas que estas sean.

    Siento un desconsuelo muy grande al ver cómo algunos individuos en nuestra sociedad han demostrado carecer por completo de congruencia. —No voy a entrar a juzgar la moralidad, la ética y los valores, intentaré mantenerme en el ámbito de la congruencia—.

    No es posible que personas que hasta hace poco criticaban abiertamente a otras por su condición, privilegios y estatus, ahora los reciban con los brazos abiertos tan solo porque sus agendas e intereses coinciden en este momento. —De quienes cambian de bandera y estandarte a su conveniencia, no me voy a tomar la molestia de hablar, estos ya han quedado evidenciados y será la historia y quien los juzgue—.

    Aun así, no deja de asombrarme como alguien que hasta hace poco «luchaba» o más bien criticaba todo lo que estos representan, hoy se sienta a su lado y los recibe con camaradería. ¡Es verdaderamente patético! ¿Tan grande es su necesidad de aceptación? Eso significa que la crítica nunca fue en contra de lo que estos individuos representan, por el contrario, fue una crítica motivada por la envidia. Criticaban por el hecho de no estar en su posición y no pertenecer a su cúpula. Esas alimañas, porque no tengo otra palabra para denominarlos jamás los verán a su altura y ustedes nunca serán sus pares, es bastante ingenuo pensar lo contrario.

    ¿Qué credibilidad pueden tener de ahora en adelante quienes estuvieron dispuestos a pactar con aquellos que representan todo lo que dicen repudiar? ¿Es eso congruente? La otra alternativa es que no hayan sido más que unos charlatanes y es ahora cuando están actuando con congruencia. Y, por lo tanto, nos toca a nosotros cuestionarnos todo lo que estos bufones han dicho y expresado hasta el momento, y darnos cuenta de que hemos vivido engañados.

    Este artículo de fue publicado originalmente en el diario El Siglo, el 3 de marzo de 2018. Puede ver el original acá.

     

  • Innovación, creatividad y plagio

    Innovación, creatividad y plagio

    El día de ayer se conoció la noticia que el director, Guillermo del Toro, ha sido denunciado por plagio, en medio de las votaciones al Oscar, donde su película «La forma del agua», es una de las nominadas. Esta película se ha llevado los principales galardones del cine y se considera una de las principales contendientes para llevarse el Oscar a mejor película. ¿Quién lo demanda? Lo demanda el hijo del fallecido escritor y ganador al premio Pulitzer, Paul Zindel, quien asegura que la obra de Guillermo del Toro utiliza demasiados elementos de la obra que obtuvo el premio Pulitzer en 1971.

    Del Toro asegura que no conocía la obra, y lo mismo indican los estudios Fox quienes son los responsables de la cinta.  Es difícil saber en estos casos la verdad, y lo más probable es que se resuelva en la corte o con un acuerdo entre las partes.

    Adicional a esto también se descubrió recientemente por medio de un software, que William Shakespeare plagió algunas de sus obras del trabajo del escritor George North. Quien escribió un libro a finales del siglo XVI y fue una conocida figura en la corte de la reina Elizabeth I, de Inglaterra. Al parecer Shakespeare no sólo utilizó las mismas palabras de North, sino que las empleó en escenas y contextos similares.

    Ahora bien, ¿qué es el plagio? Según el diccionario de la RAE plagiar significa, «Copiar en lo sustancial obras ajenas, dándolas como propias». El plagio es tan antiguo como el ser humano, siempre ha existido y por eso la legislación protege los derechos de autor. Hoy día, que es tan sencillo «copiar y pegar», de un texto ajeno, se da con muchísima frecuencia. Los jóvenes no respetan los derechos de autor y es frecuente escuchar a profesores y catedráticos hablar de este problema tan generalizado en nuestros días.

    Por su parte, Peter Thiel profundiza sobre la innovación y la creatividad en su libro, «De cero a uno». Para Thiel es más fácil copiar que hacer algo nuevo. Algo nuevo sería partir de 0 hasta 1 y copiar iría de 1 a n. Esto no significa necesariamente que copiar sea malo. Pongamos el ejemplo de la televisión, ¿quién la inventó? La respuesta no es tan sencilla porque había al menos unas 50 personas, alrededor del mundo, trabajando en proyectos similares, pero se le atribuye con más frecuencia a 3 inventores, John Logie Baird, Philo Taylor Farnsworth y Charles Francis Jenkins. Sin embargo, no podemos acusar de plagio a empresas como Samsung quienes nos introdujeron a las televisiones inteligentes. Estas empresas partieron de 1 o sea del invento de la televisión, para llevarnos a una versión mejorada de la misma, aun así, parten de una creación existente.  Por otro lado, Steve Jobs nos trae el primer iPod, el cual, si podemos decir con confianza que partió de 0 a 1, al igual que Mark Zuckerberg, con Facebook. Necesitamos de esta creatividad para mover el mundo. Copiar es mucho más fácil que innovar.

    En el tema de las obras literarias, musicales, plásticas etc., es mucho más complejo. Dos escultores pueden estar trabajando en obras similares sin conocer la existencia el uno del otro. Sin embargo, esas fantásticas coincidencias, no constituyen un plagio, si ambas son obras originales de su autor, que quizá por el uso de una técnica o una idea particular, llegaran a hacer creaciones muy similares. Por ello existen hoy en día mecanismos para que estos trabajos puedan ser registrados, porque, así como hay coincidencias, existen muchas personas, dispuestas a copiar y lucrar del trabajo intelectual del ajeno.

    Al final del día es una cuestión de ética. ¿Cuántas veces al día no recibimos cadenas de textos, citas motivacionales, caricaturas, etc., en los cuales no citan al autor? Hace poco tuve conocimiento de un individuo que copia tuits ajenos y los transcribe a Facebook como propios, ¡el colmo! Lo que demuestra no solo una pobreza intelectual muy grande sino una total falta de valores. Tomemos consciencia de esto, ya que creando e innovando es como saldremos adelante.

    Este artículo de fue publicado originalmente en el diario El Siglo, el 23 de febrero de 2018. Puede ver el original acá.

  • Destruir el pasado

    Destruir el pasado

    Cada día se impone con más fuerza la corriente que busca destruir el pasado, con el pretexto de la reivindicación. Se busca anular aquello que nos incomoda. Hay una célebre frase que se le atribuye a Nicolás Avellaneda, que versa, «Los pueblos que olvidan su historia están condenados a repetirla (tomada de Cicerón)».  Algunos historiadores, niegan esta afirmación, y estoy parcialmente de acuerdo. La historia nunca se repite igual, es imposible. Hitler, Stalin, Torquemada, Genghis Khan, etc., ya están muertos. Pero eso no impide que otros peores o mejores que ellos estén por venir. Y por ello, es importante estudiar la historia. Mas no aquella historia que se acomoda a la ideología y a la agenda política. Sino más bien, la historia que presenta ambos lados de la moneda, con lo bueno, lo malo y lo feo.

    El documental “Under The Sun” del cineasta Vitaly Mansky. Nos muestra cómo la propaganda oficial en Corea del Norte es creada y como los niños estudian la versión oficial de la historia. Lo irónico, es que en el mundo occidental está sucediendo lo mismo y sin la necesidad de tener un dictador como Kim Jong-un. La tecnología nos permite tener acceso tanto a las versiones oficiales como a las no oficiales, podemos por nosotros, mismos analizar los hechos narrados por distintos interlocutores y sacar nuestras propias conclusiones. Tristemente, muchos prefieren seguir la versión que no los incomoda, aquella que valida sus creencias, sin importar cuál sea la verdad.

    Desde los incidentes ocurridos en Charlottesville, en los Estados Unidos, ha comenzado una campaña para la destrucción de las estatuas confederadas, la misma se está extendiendo a todo aquello que es políticamente incorrecto. Como sucedió con la estatua de Fray Junípero Serra, que apareció decapitada en Santa Bárbara, California, por genocida. Lo que ignoran quienes la destruyeron es que este fraile luchó por los derechos de los indios. Daesh hace exactamente lo mismo en cada territorio que ocupa, y eso ya nos costó a la civilización occidental la destrucción de la ciudad romana de Palmira y tantos otros tesoros que son parte la historia de la humanidad, nuestra humanidad. Ilusamente creen que están haciendo historia, al destruirla.

    En Guatemala, vamos por el mismo camino y no es que tengamos muchas estatuas para derribar, pero se está intentando cambiar la historia. Como lo está evidenciando la crítica al cineasta guatemalteco, Kenneth Müller, por motivo de su nueva película, «Septiembre: un llanto en silencio». La película narra lo ocurrido a su familia. Específicamente el terrible atentado terrorista perpetrado por la guerrilla el 5 de septiembre de 1980, cuando hicieron estallar bombas en diferentes puntos de la capital, incluyendo el Parque Central. A Müller se le acusa de atacar a la guerrilla y defender al ejército, pero él dice una gran verdad, «la historia que cuentan a los jóvenes es de las atrocidades que cometió el ejército y obvian las que cometió la guerrilla». Aprendamos a vivir con la historia, con la que nos gusta y con la que no, y sólo así podremos evitar que se den las mismas condiciones para que suceda algo similar o peor.

    Este artículo de fue publicado originalmente en el diario Siglo.21, el 29 de septiembre de 2017. Puede ver el original acá.

  • La zorra y el busto

    La zorra y el busto

    «Dijo la zorra al busto, después de olerlo; —¡Tu cabeza es hermosa, pero sin seso! —. Como este hay muchos que, aunque parecen hombres, sólo son bustos». —Félix María de Samaniego (1745 – 1801).

    Aplicando lo anterior a nuestros días, el escritor español, Arturo Pérez-Reverte, dijo recientemente en una entrevista, «Las redes sociales están llenas de gente con ideología, pero sin biblioteca».  ¡Pensar que, en más de 200 años, las cosas siguen igual y los hombres seguimos iguales!

    Debido la crisis y el impasse político en el que nos encontramos, salen a relucir en las redes sociales, muchos de esos bustos sin sesos de los que habla Samaniego o de los que no tienen biblioteca, como diría Pérez-Reverte. Resulta preocupante que muchos de estos bustos sin sesos, se consideran a sí mismos, parte de la «élite» intelectual del país.

    Lo más triste del caso, es que, debido a su arrogancia intelectual, terminan confundiendo la sintaxis con la semántica y confunden el significado de lo que se quiere o pretende decir, generando un caos de comunicación. Como lo he venido hablando en este espacio, el caos que genera una mala comunicación favorece a quienes saben sacar mejor partido del mismo.

    La sintaxis estudia la composición, o el modo en que se combinan las palabras y como estas llegan a formar un significado, por medio de la gramática, la redacción, la puntuación y demás elementos del lenguaje.

    La semántica, por su parte, estudia cada una de las palabras de forma individual, como las percibimos y comprendemos. Puede ser a través de símbolos o conceptos, así como la connotación que le damos y su significado.

    Por lo que he observado, estos formadores de caos utilizan la sintaxis como su instrumento favorito. La discusión se enfrasca en lo que una coma de más o de menos quiso decir, generando discusiones absurdas y sin sentido, que alejan a los participantes de lo que dio origen al intercambio. No me mal entiendan, soy la primera que considera que debemos escribir bien, y que, en algunos casos, una coma puede hacer una gran diferencia. Pero, en las redes sociales, estas reglas son muchas veces más flexibles, en algunos casos por la falta de formación académica de los participantes o por falta de espacio. Por lo tanto, debemos intentar comprender al interlocutor, interpretando la semántica, lo que significan las palabras, si no queremos perder la cabeza y nuestro valioso tiempo en una discusión absurda.

    Como versa el sabio refrán, «piensa mal y acertarás», creo que, en la mayoría de casos, estos individuos lo único que pretenden es generar confusión. Y de esta forma controlar la discusión y poner sobre la mesa una nueva agenda. Mi recomendación es ignorarlos, no permitir que dominen la agenda de lo que se discute y de lo que se habla. Que no vengan a silenciar a los demás con sus comentarios sin sentido y sus aires de grandeza. Todos tenemos igual derecho a expresarnos, y, sobre todo, como ciudadanos tenemos la obligación de leer y escuchar opiniones que difieren a la nuestra, para sacar nuestras propias conclusiones y evitar que vengan las cabezas sin seso a manipularnos.

    Este artículo de fue publicado originalmente en el diario Siglo.21, el 8 de septiembre de 2017. Puede ver el original acá.

  • Hablar en círculos

    Hablar en círculos

    Los guatemaltecos hablamos en círculos. Hablar en círculos es pasar horas discutiendo algo con alguien, para llegar al mismo lugar donde se comenzó. Tristemente no sólo estamos hablando en círculos, le estamos hablando al mismo círculo.

    Los argumentos son tan débiles que podrían utilizarse tanto por un grupo, como por el otro. Les pondré dos ejemplos que encontré en Twitter:

    «Los libertarios no quieren que EE.UU., intervenga en Guatemala a través de la CICIG, pero si quieren que intervenga militarmente en Venezuela. Imbéciles», si le damos la vuelta al argumento se lee: «Los socialistas no quieren que EE.UU., intervenga militarmente en Venezuela, pero si quieren que la CICIG intervenga en Guatemala. Imbéciles».

    Segundo ejemplo: «Si confiamos en las instituciones y no en las personas, no debiese preocupar si Jimmy Morales renuncia, el organismo Ejecutivo, continuaría.», ahora invirtámoslo, «Si confiamos en las instituciones y no en las personas, no debiese preocupar si Iván Velásquez renuncia, la CICIG continuaría.»

    En ambos ejemplos, vemos argumentos vacíos, no nos dicen nada y, aun así, reciben eco entre quienes piensan igual que ellos. Y como no estamos discutiendo más que en círculos (salvo algunas excepciones), no llegamos a conocer cómo piensa en realidad la contraparte.

    Visité las páginas de Facebook de varios medios de comunicación, agrupaciones y figuras públicas. En las publicaciones de contenido, era evidente que la gran mayoría no había leído. Comentaban a favor o en contra, pero era extraño encontrar comentarios relacionados al tema. Las críticas se limitaban a insultos, etiquetando a la persona, sin mencionar el contenido para iniciar un debate real sobre los puntos de discrepancia. Era aplaudido y felicitado por quienes piensan de forma similar, nuevamente sin argumentos que sustenten su apoyo. Y esto nos lleva al siguiente problema. Aquí muy pocos leen y menos aún comprenden lo que leen.

    Por andarle buscando tres pies al gato, no comprenden lo que el interlocutor quiere decir. Se toman muy a pecho eso de aprender a leer entre líneas, pero se saltaron la parte donde primero había que aprender a leer y comprender lo que se lee.  La única forma de leer entre líneas es leyendo a todos por igual, evaluando y valorando lo que se lee por medio del uso de la razón. Si no, es un simple adoctrinamiento donde exclusivamente leo aquello que reafirma mis puntos de vista, pero me pierdo el panorama, general, global.

    Y, por último, se ha puesto de moda sacar la banderita y etiquetarse, de forma que hay un linchamiento para quienes no se están manifestando. La presión podrá ser fuerte, pero recordemos que la persona al final del día es libre de pensar y opinar como se le venga en gana, y luego eso se ve reflejado en las urnas. Insultar, presionar y etiquetar, tampoco es argumentar, y la mejor forma de defender una posición cuando no se tienen argumentos, es hablando en círculos. ¿Qué tal si mejor nos informamos antes de formarnos un criterio?, y así aprenderemos a tener una discusión en vez buscar tener la razón.

    Imagen cortesía de Ryan McGuire.

    Este artículo de fue publicado originalmente en el diario Siglo.21, el 1 de septiembre de 2017. Puede ver el original acá.

  • Rumores

    Rumores

    En las ciencias sociales, el rumor presenta una aseveración que es difícil de comprobar y en algunos casos nunca llega a comprobarse, se le conoce como «Teoría del rumor». Allport y Postman, considerados los padres de la psicología del rumor, la definen como, «una proposición específica para creer, que se transmite de persona a persona, por lo general oralmente, sin medios probatorios seguros para demostrarla».

    La mayoría de rumores son falsos, pero conllevan algunos elementos de verdad, que los hace creíbles. En algunas ocasiones resultan verdaderos, y en otras, rumores falsos son responsables de modificar acontecimientos que los convierte en verdades.  En 1944, Robert H. Knapp publicó «La psicología del rumor», dónde analizó miles de rumores que circularon durante la Segunda Guerra Mundial. Él enumera 3 elementos indispensables, para que un rumor sea creíble: 1- Deben ser transmitidos de boca en boca. 2- Proveen información sobre una persona, hecho o condición. 3- Expresan y gratifican las necesidades emocionales de una sociedad. Los rumores, según Knapp también son de 3 clases, A- Los que materializan sueños, reflejan deseos y anhelos de una sociedad. B- Los que inflingen miedo, o cuyo desenlace es motivo de miedo. C- Los que representan una agresión contra un grupo determinado y ponen en riesgo las alianzas en grupos determinados. ¿Les suena familiar?

    El problema principal de los rumores es que pueden desencadenar verdaderas crisis políticas, sociales y económicas. En una sociedad como la nuestra que atraviesa una grave crisis que no hemos sido capaces de superar, somos blanco fácil de estos rumores, que son generados para sembrar caos y manipularnos, obteniendo así el resultado deseado.

    Hablemos de rumores locales. Me gustaría aclarar que son eso: rumores. Si tienen algo verídico no me consta y no estoy validando nada, solo quiero ejemplificar nuestro triste panorama. Los mismos se mencionan repetidamente con algunas variantes. Nótese como la figura del pánico juega un papel primordial en todos ellos:  «Se quieren bajar a Jimmy y a Jafeth para poner a Helen Mack como Presidenta», «Foppa y Hernández Mack van a ser el binomio para las próximas elecciones», «El sector privado financia a SOMOS», «Esto lo hacen para que Guatemala se convierta en una Venezuela», «El país se está militarizando, sacar al Ejército a las calles es una prueba de ello», «Había Militares en la reunión con el Presidente, los militares van a tomar el poder», «Las invasiones de tierras nos van a llevar a una guerra civil», «Ante la crisis se debe convocar a una Asamblea Nacional Constituyente», «Las armas incautadas a los pandilleros provienen de los militares», etc.

    Según el principio de Occam, «La explicación más simple y suficiente es la más probable, más no necesariamente la verdadera».

    El problema con las crisis es que difícilmente podremos predecir el resultado final, y casi siempre se salen de control, sino pregúntenle a Robespierre. Y no olvidemos que la crisis política del 2015 y la victoria de la Plaza, nos dejó como resultado a Jimmy Morales.

    Este artículo de fue publicado originalmente en el diario Siglo.21, el 25 de agosto de 2017. Puede ver el original acá.

  • ¿En qué colegio estudiaste?

    ¿En qué colegio estudiaste?

    Esta es una pregunta que me han hecho de forma recurrente a lo largo de mi vida. Cuando era más joven, era algo que tomaba con naturalidad. Pero a mi edad, no se me escapa la ironía. Primero, porque ya no soy ninguna jovencita, y segundo, porque los logros y fracasos en mi haber, poco o nada tienen que ver con el colegio donde cursé mis estudios primarios y secundarios.

    Por supuesto que esto es un tema social. Las personas preguntan con la finalidad de etiquetarte, de saber de qué tipo de familia vienes, descubrir si tienen amistades en común, e intentar establecer tus valores y principios, y obviamente, tu estrato social. Lo curioso de todo esto es que el lugar donde estudié habla más de mis padres que de mi misma.

    Son los padres quienes deciden y costean el lugar donde estudian sus hijos. Los más religiosos envían a sus hijos a escuelas religiosas. Pero eso no impide que el hijo el día de mañana sea ateo o bien no tenga ningún tipo de creencias. Padres con más poder adquisitivo envían a sus hijos a escuelas más caras, pero esto tampoco garantiza el éxito y mucho menos la solvencia económica de sus hijos. Hay, además, muchos colegios que otorgan becas a estudiantes de escasos recursos. También hay múltiples ejemplos de quienes estudian en escuelas públicas que se convierten en profesionales exitosos, asisten a las mejores universidades por sus propios méritos y crean nuevas fortunas. Por lo que me parece absurdo venir a etiquetarlos por el lugar donde cursaron sus estudios secundarios. ¡Es irrelevante!

    Hace poco un amigo me comentó que había ido al médico y que le había parecido un excelente profesional. Para luego comentarme de que colegio se había graduado dicho médico. Me hizo demasiada gracia, ¿acaso en los colegios hay facultad de medicina? Cuando le rebatí, me dio la respuesta esperada, —porque así sabemos qué tipo de personas son y qué amigos tenemos en común—. ¿Qué pasa si el médico en cuestión se hubiese graduado de una escuela rural mixta, cuyo nombre y ubicación le era desconocida, le restaría méritos? ¿Y si aún graduado de esa escuela, logró una beca en la facultad de medicina de la Universidad Johns Hopkins? ¿No tiene eso más mérito y es una mejor carta de presentación?

    Si pensamos en personalidades de los últimos 20 años, Elon Musk, J.K. Rowling, Nelson Mandela, Mark Zuckerberg, Bill Gates, Steve Jobs, por nombrar algunos. Lo primero que se nos viene a la mente no es la escuela de dónde se graduaron. Sino sus logros y méritos como individuos, como transformaron el mundo. No es igual con las universidades, estas cobran cierta relevancia en la vida profesional, aunque en muchos casos tampoco significa nada, «Lo que la naturaleza no da, Salamanca no lo otorga», y hay quienes ni siquiera cursaron la universidad y aun así son exitosos.

    Por mi parte, prefiero valorar y juzgar a las personas por quienes son, por sus acciones, méritos y fracasos, presentes y pasados; y no por circunstancias familiares y sociales del pasado, que no dependían de ellos.

    Este artículo de fue publicado originalmente en el diario Siglo.21, el 18 de agosto de 2017. Puede ver el original acá.