Categoría: Relatos

  • Conversaciones al pedal

    Conversaciones al pedal

    Mientras pedaleo, el viento cálido me despeina, roza mi rostro y suelo mantener conversaciones conmigo misma. Ya se que debería de prestar más atención al camino, pero estoy en el campo y no soy tan imprudente como para manejar distraída en la ciudad. ¿En el campo qué me puede pasar? ¿Que la tierra haga patinar la bicicleta y me caiga? ¿Que se me atraviese una vaca? ¡No estoy tan ciega como para no ver una vaca en el camino! En la última cita al doctor mi densidad ósea estaba bien, por lo tanto, no debo de fracturarme por una simple caída, de un buen raspón no pasaría y quizá sería lo más emocionante que podría pasarme este verano. Imagino la conversación con mis hijos, —Madre ya te he dicho que no eres una jovencita, debes de cuidarte y no puedes ser imprudente, ¿qué hubiera pasado si te desnucas? Bla, bla, bla… ¡Ja! Si me desnuco me enterraran junto a su padre y dejaría de robar oxígeno, eso pasaría. No digo que mis hijos sean unos salvajes y no me llorarían, por el contrarío. Se que les haría falta, pero ya a su treintena de años mi misión está cumplida. Ellos siguen cuestionándose si tendrán hijos y si siguen a ese ritmo, no me debo ni siquiera a los nietos que nunca tendré.

    A lo largo del camino de terracería se extienden los potreros del vecino y una que otra vaca se encuentra pastando en la distancia, en esta época del año las llevan a los potreros cerca del río por lo que es extraño ver alguna de este lado de la finca. Cercas de alambre dividen la propiedad del camino y los bordes están cubiertos de esas flores amarillas y blancas insignificantes que nos gusta tanto recoger, es un paseo agradable, es perfecto para salir en bicicleta.

    Me gusta pasar temporadas acá, pero temporadas breves. Disfruto de la soledad, aunque esto es un poco extremo, aquí no hay nada que hacer más que contemplar la naturaleza. Luego de la muerte de mi marido vendí una buena parte de la tierra y me quedé sólo con un pequeño terreno para mis árboles frutales y la casa de campo.

    Como es un lugar aislado mis hijos nunca han disfrutado venir y no los culpo, para mi es un refugio, un refugio de unos pocos días. Luego regreso al bullicio y el tráfico de la ciudad, pero este es el único lugar en el que me siento en libertad de conversarme, especialmente mientras pedaleo, pues no es lo mismo pensar que conversar en nuestra mente, ¿o lo es? ¿Me estaré volviendo loca? ¿A qué edad comienza la demencia senil? Bueno, al menos no ando hablando sola en voz alta, ¿no es acaso lo mismo?

    ¿Hace cuánto tiempo que tuve una conversación con otra persona? Ni siquiera lo recuerdo y no hablo de esas conversaciones triviales que sostenemos todos los días, —¿Cómo estás? ¿Cómo están tus hijos? ¿Has visto que la hija de Marta se divorció? ¡Pobre chiquilla y con una niña de meses! ¡Este país está de cabeza! ¿Qué estás leyendo? Ojalá me preguntaran como me hizo sentir el libro, pero no, eso no lo preguntan. Me refiero a conversar de forma recíproca, entregar el alma al interlocutor, una conversación que te deje energizado, no sé, mucho tiempo ha pasado. De joven solía hablar más que un loro, lo contaba todo, bueno, casi todo. Luego la vida te da golpes, maduras y te vuelves mucho más celoso a la hora de conversar. Con mis hijos hablo a diario o más bien los escucho y me agrada que tengan la confianza de hablarme sobre sus vidas, pero ellos a mi no me escuchan y tampoco estoy segura de que les agradaría escuchar lo que tengo que decir. ¿Amistades? Claro que tengo, más de las que debería de tener a mi edad si consideramos que ya los menos afortunados han comenzado a partir de este mundo. ¿Qué les puedo decir? ¿Que tengo sueños y anhelos como los tenía a los veinte? ¿Que aún quisiera encontrar el amor y compartir lo que me queda de vida con alguien y que ese alguien no debería de ser un viejo ridículo que se crea de treinta, sino un hombre maduro que comparta mis intereses? ¿Que deseo escribir un libro a los sesenta años? No son cosas que puedes decirle a cualquiera sin temor a ser juzgado o quizá es temor de abrirle tu universo a otra persona. Podría pagar a un psiquiatra para que me escuche, ¿y qué ganaría? ¡Nada! El psiquiatra está para escuchar no para opinar ni para hablarte sobre sus intereses, sus anhelos y sus frustraciones como sucedería en una conversación recíproca.

    Tengo un vacío en el alma, siento la necesidad de pasar horas conversando con alguien de cualquier tema, de cualquier cosa y sentir que eres comprendido y escuchado. Conversar, reír, reír a carcajadas por cualquier tontería. No es miedo a la soledad, estoy sola desde los cuarenta cuando mi marido falleció en un accidente. Aprendí a vivir sin alguien a mi lado a disfrutar lo que la soledad puede ofrecerme, mi felicidad ya no depende de alguien más, pero eso no significa que no anhele comunicarme de forma íntima con otra persona. Pero las cosas son como son, al menos tengo mi bicicleta y estos momentos en los que mientras pedaleo hablo conmigo misma, bromeo y escribo libros en mi mente que jamás publicaré.

  • El anciano y el mar

    El anciano y el mar

    Salgo tan pocas veces de casa que cuando me vi forzado a acompañarla tuve un poco de miedo. Cada vez que salgo de casa es para visitar al doctor y es una experiencia horrible, ¡traumática!

    Pero hoy fue diferente, nos subimos en su vehículo y dimos un largo paseo, también iba Benito, el noble y apestoso perro. No lo soporto, aunque él es cariñoso conmigo. No lo comprendo, me he esmerado en ser grosero con él y él sigue moviendo la cola cada vez que me ve. Supongo que es la edad que me estoy volviendo menos tolerante. No es fácil ser un anciano. Sí, tengo que reconocerlo, no soy el que solía ser.

    Luego de varias horas de camino, aunque en realidad yo iba dormido y no sé cuánto tiempo transcurrió, llegamos a nuestro destino. Un lugar solitario y arenoso, sin embargo, cuando ella abrió la puerta del vehículo sentí el viento en mi rostro. Ese viento que se lleva las penas de la edad, y del encierro. Ese viento que te recuerda que todo es transitorio y todo es pasajero.

    Anochecía, por lo que entramos pronto a la casa. Una casa extraña, no era nuestro hogar, pero ella se veía feliz. Me sirvió un poco de agua, algo de comer y ubicó mis cosas. Luego bajó su equipaje del carro.  Sentí la comida insípida, pero a mi edad ya todo sabe igual, no es como antes, cuando los sabores eran frescos y me llenaban los sentidos.

    Me vio fijamente al rostro y me dijo, —Llevaré a dar un paseo a Benito, tú te quedas en casa, ya es tarde para ti. Mañana saldremos un rato. Pretendí no escuchar, cómo es habitual entre nosotros. Ella se marchó, yo busqué una cama, me acomodé y quedé dormido. Los escuché llegar, pero mostré indiferencia.

    Al día siguiente esperé pacientemente a que ella despertara, la observé durante largo rato. Por suerte Benito no es paciente y de un salto a la cama la despertó para que lo sacara a pasear.

    Me dijo que al regresar me daría algo de comer y se marchó con él.  Decidí dormir otro rato, mi vida y mi soledad no tienen remedio. ¿Se sentirán así todos los ancianos? Antes al menos tenía energía, ahora todo es monotonía, he perdido la paciencia y el interés.

    Cuando regresó preparó un buen desayuno, le dio de comer a Benito y a mí no me fue tan mal, al menos me dio leche tibia, deslactosada porque ella dice que me hace mal tomar leche entera.

    Terminé de comer y fui a buscar el sofá, tenía un olor extraño, quien sabe qué tipo de personas han vivido en esta casa. ¡Qué tipo de animales habrán pasado por acá! También olía a humedad. En fin, me sentí cansado y decidí tomar una siesta.

    Fui interrumpido de mi sueño por ella, quien estaba impaciente por ponerme ese maldito chaleco. No me agradó la idea, pero tampoco pude oponer mucha resistencia.  Salimos, todo era distinto, los sonidos, los olores, los pájaros, ¡los pájaros! Ella me llevaba sujeto. La arena estorbaba mis pasos, Benito corría y ladraba cómo un loco, por suerte no había nadie cerca para que lo escuchara comportarse como un demente.

    Cuando llegamos frente a ese azul inmenso, me dijo —Ese, es el mar. Lo miré profundamente, hacía ruido y la arena tenía olor a pescado, ¡a pescado! Me dio hambre. Yo estoy acostumbrado a la arena con olor a detergente, a mi arena. Insertó una sombrilla en la arena y colocó una toalla. Me puse un poco nervioso, los ruidos y los olores eran demasiado intensos para mí.

    ¡Y sopló, el viento, el viento, sopló! Sentí una libertad que no experimentaba hacía mucho tiempo, me levantaba los cabellos, los bigotes, ¡me sentía libre, y joven nuevamente!

    Ella se tendió sobre la toalla con un libro en la mano, me acerqué a ella, la amaba. Me acurruqué a su lado y ronroneé. Después de todo no es tan malo ser un gato anciano si tienes un hogar y eres amado.

  • Teresa y el pirata

    Teresa y el pirata

     

    Cuando Teresa tenía cinco años su mamá la abandonó y se quedó sola con su padre. Teresa nunca supo si su padre bebía porque su mamá los había abandonado o si ella los abandonó, porque él bebía mucho.

    Era una niña flacucha, de ojos muy grandes y despiertos color miel. Tenía las piernas largas y todos los niños le decían que se parecía a «Pippi Calzaslargas», porque su cabello era rojizo, tenía pecas y se peinaba con trenzas.

    Su vida era muy solitaria y triste, cuando su padre no le recriminaba por la ausencia de su madre, la ignoraba. Y las mujeres que su padre llevaba a casa la trataban con desprecio. Su casa era vieja, sucia y descuidada. Sólo su habitación estaba limpia y ordenada. Una vez intentó ordenar y limpiar la casa, pero su padre le dio una bofetada y le dijo que ella lo hacía porque se avergonzaba de él. Lo cual era cierto y Teresa no volvió a intentarlo.

    Cuando Teresa tenía 9 años y caminaba de regreso de la escuela, encontró frente a una casa muy hermosa, al lado del basurero, varias cajas con muchos libros. Por curiosidad buscó en su interior y encontró un libro de pasta amarilla muy desgastada que tenía la ilustración de un niño flacucho como ella, y a su lado un viejo pirata con pata de palo y un perico en el hombro. El libro fue como un imán, se sentía atraída, quería llevárselo. El libro olía a viejo, pero no apestaba, era un olor a vainilla. Abrazó el libro pegado a su cuerpo y cerró los ojos sin saber qué hacer, quería leer ese libro, pero no sabía si debía llevárselo. En ese momento el dueño de la casa llegó y la sorprendió, ella dejó caer el libro en la caja y se alejó corriendo, pero el hombre corrió tras ella y la detuvo. —¿Te gusta ese libro? —preguntó. Ella asintió con la cabeza. —No tengas miedo, no hacías nada malo. Dejé esos libros ahí para que cualquiera que desee se los lleve, son los más desgastados y apolillados. El resto los doné a una biblioteca. —le dijo.

    Caminaron juntos hacia las cajas y él seleccionó tres libros que consideró podrían gustarle y ella tomó el del pirata y el niño. Luego de agradecer al hombre por los libros, Teresa los guardó en su mochila. Al llegar a casa se encerró en su cuarto y los escondió en el fondo de una de las gavetas de su armario. Por alguna extraña razón tenía miedo que su padre descubriese los libros.

    La historia del pirata y el niño la cautivaron. Nunca había leído una historia con la que se identificara tanto, esta no era una historia de princesas que lo único que hacían era conseguir un príncipe como marido. Ella se sentía Jim, ¡era Jim! Mientras que el pirata John Silver El Largo, la hizo meditar mucho. Al inicio, al igual que Jim, lo admiró y quería creer en él. Y luego sintió la traición, en cierta medida el pirata le recordaba a su padre.

    Y de esta forma Teresa no volvió a sentirse sola, los libros se volvieron sus amigos y los personajes de estos, sus compañeros de juego imaginarios. Pasaba horas inventando diálogos en su cabeza y desarrollando las aventuras que viviría a su lado.

    Por eso no es de extrañar que Teresa sea hoy, una escritora de libros infantiles.

  • Una voz en Navidad

    Una voz en Navidad

    Ella se identifica con los «millennials» y se siente orgullosa de ser una de ellos.

    Aprendió a vivir al máximo sin importar el pasado ni el futuro, —Lo que importa es el hoy —se decía.

    Vivía bajo esa premisa y disfrutaba presumir con el mundo su glamorosa vida compartiendo fotografías en las redes sociales, hasta que se endeudó hasta el cuello y no podía cubrir sus deudas. Hacía algunos meses que había renunciado a su trabajo porque se cansó de su jefe, de los horarios y los reglamentos de la empresa y se convirtió en «freelancer».

    Al verse tan endeudada tuvo que tomar medidas drásticas para evitar problemas legales.

    Llamó a su padre llorando para que le enviara dinero, —así es al inicio papá. Cuando consiga más clientes las cosas van a cambiar, es el precio de ser independiente, —le dijo.  Su padre que la conoce bien, le envió menos la mitad de lo que le había solicitado.

    Como hacen algunos jóvenes que son autodidactas, buscó libros de educación financiera y los leyó todos. Hizo un plan de acción que incluía dejar de comer comida sin gluten, porque esta es más costosa que la que tiene gluten. En realidad no es intolerante al gluten, pero en todas partes decían que es dañino para la salud, así que ella había dejado de comer alimentos con gluten. Canceló su membresía en el gimnasio y se compró una bicicleta. Dejó de salir con sus amigos para evitar gastar en fiestas y comidas. Dejó de comprar ropa y zapatos que no necesitaba y comenzó a cocinar en casa.

    Cuando sus amigos la invitaban siempre ponía como excusa alguna reunión con un cliente o un trabajo atrasado que tenía que entregar. Sus amigos pensaron que se había enredado con un algún tipo casado que la estaba manteniendo, ya que no podían explicar de otra forma su ausencia.

    Pero es el siglo XXI y ella seguía en comunicación con todos sus amigos y familia, chateaba por WhatsApp, por el Messenger de Facebook y hasta por Instagram.  Para mantenerse en forma iba en bicicleta a todas partes y frecuentaba un parque que quedaba lejos de su casa y se sentaba a leer en alguna banca y observar a las personas pasar. Durante el verano aprovechó para tomar alguna clase gratuita de yoga que ofrecían en el parque. Inclusive se detenía a ver a los ancianos jugar al ajedrez. Para ganar más dinero comenzó a prestar sus servicios de diseño en una plataforma global y comenzó a tener clientes provenientes de varios rincones del planeta.

    Como la mayoría del dinero que recibía se le iba en pagar los abonos a la deuda, pagar la renta y los servicios de su pequeño departamento, le quedaba muy poco dinero para comprar comida. Modificó sus hábitos y aprendió a valorar el dinero. Finalmente ponía atención al precio de los alimentos en los anaqueles y, por lo general, compraba lo más económico o buscaba las ofertas.

    Poco a poco su situación financiera fue mejorando. Había logrado ahorrar un poco de dinero y podía darse uno que otro gusto a la hora de comprar los alimentos en el supermercado.

    Cuando llegó diciembre, decidió no ir a casa para no tener que comprar regalos para su familia. También se ausentó de todas las fiestas y reuniones con sus amigos y así no gastar dinero innecesario.

    El veintitrés de diciembre sus amigas más cercanas se reunirían a comer y decidió a última hora llamarlas para ver dónde se encontraban y reunirse con ellas.

    Marcó el teléfono y en pocos segundos respondió su amiga, —¡¿En dónde te habías metido?! ¿Vienes a cenar?, Estamos en el restaurante de Manolo, ¡hola! ¡hola! ¿me escuchas? —preguntó su amiga al no escuchar respuesta.

    Ella lloraba amargamente, cuando trató de responder se dio cuenta que hacía mucho, quizá meses que no había cruzado palabra con nadie. La voz no le respondía, le salía ronca, imperceptible. Finalmente logró responder entre sollozos, —¡Qué gusto me da escucharte! Tengo muchísimas ganas de verlas —y continuó llorando.

    —¿Estás bien? ¿te pasa algo? ¿te dejó ese infeliz que te ha tenido secuestrada de tus amistades, verdad? ¿regresó con la mujer?, dime dónde estás y vamos a buscarte —respondió su amiga preocupada.

    Ella soltó una carcajada entre las lágrimas, —no, no me pasa nada y no he terminado con nadie. ¿De dónde sacaste que yo tenía un novio? Su voz comenzaba a salir de forma normal. En realidad no podré acompañarlas, iré a casa a pasar las navidades con mi familia. Pero regresaré después del Día de Reyes y nos reuniremos, ¿de acuerdo? ¡Tengo mucho que contarte! —le dijo antes de colgar el teléfono.

    Lloró, lloró y lloró desconsoladamente. ¿Cuándo había sido la última vez que había hablado con alguien? Quizá hace un par de meses cuando llevo a reparar su bicicleta. Pero no fue una conversación, solamente cruzó un par de palabras.  Hacía meses que no se sentaba a conversar con nadie. Las redes sociales le habían dado la sensación de no estar sola, pero lo estaba.

    Cuando llegó al día siguiente a casa, su padre abrió la puerta y quedó atónito al verla. —Pensé que no vendrías, ¿Te quedaste sin dinero nuevamente? —dijo.

    Ella lo abrazó y sonrió, —Para nada papá, ya casi pagué todas mis deudas y estoy comenzando a ahorrar un poco de dinero. Sólo quería verlos y pasar las navidades con ustedes.

    El padre tomo su pequeña maleta y la dejó entrar. Ella le dijo —¿Cuéntame la historia del día que conociste a mamá?. Él la miró aún más sorprendido, —¡Pero si tú y tu hermano dicen que les he contado esa historia un centenar de veces! ¿Para qué quieres escucharla nuevamente? —preguntó.

    —Sólo quiero escuchar tu voz en Navidad, dame una copa de vino y me cuentas nuevamente la historia, ¿vale?

     

     

  • Evolución

    Evolución

     

    De niño solía ser muy miedoso. La abuela tenía por costumbre contarnos todo tipo de historias y leyendas de terror. Mi hermano mayor se las llevaba de valiente, pero yo sabía que por las noches dormía con un rosario debajo de la almohada.

    Yo le tenía miedo a los hombres lobo, a los vampiros, a la llorona, a la mujer de blanco, y sobre todo, ¡a las gárgolas! Lo reconozco, es un miedo poco común, pero tiene una explicación. Cierta noche papá se encontraba viendo una película en la cual tomaban vida, y durante años tuve pesadillas con ellas.

    Luego llegó la adolescencia. Esa época en la que nos volvemos temerarios, y creemos que somos invencibles. Le perdí el miedo a todo, o más bien eso aparentaba. En realidad temía no ser aceptado por mi grupo de amigos y que la chica de mis sueños me rechazara. ¡La juventud!

    Al llegar a la edad adulta tenía miedo de estudiar la carrera equivocada, no conseguir el trabajo de mis sueños y no conocer a mi alma gemela. Mi compañera de aventuras en la vida.

    Hoy tengo casi cuarenta años y nunca pensé podría llegar a tener tanto miedo.

    Temo por mi hija cuando leo en las noticias que secuestraron a una niña de doce años, y cuando descubren a una red de trata de blancas.

    Temo cuando leo que los fundamentalistas islámicos han cometido otro crimen, otro atentado. Temo por mi hijo cuando veo lo que sucedió en Bataclan, ¿Podrán los jóvenes ir a un concierto y no temer por su vida?

    Tengo miedo a fracasar. Temo no obtener ese ascenso en el trabajo, y que mi mujer me deje por un hombre que no se esté quedando calvo y que sea un profesional exitoso.

    Temo ser un mal padre y que mis hijos no sean felices. Me da miedo consentirlos demasiado y que crezcan siendo unos buenos para nada. Pero a su vez, temo ser demasiado estricto  y que de mayores resientan que no fui afectuoso con ellos.

    ¡Temo decir lo que pienso! Si digo que mi jefe es un cretino, que lo es, dirán que le tengo envidia.

    Temo decir que el estado debe proveer salud y educación, porque dirán que soy un socialista o un progre. Temo decir que el estado no está para mantener holgazanes y que los sindicatos son corruptos, porque dirán que soy un fascista de derechas.

    Temo decir que estoy orgulloso de ser hombre porque me dirán homofóbico y machista.

    Temo decir la verdad porque dirán que soy poco cortés.

    Temo quedarme sin empleo y no poder mantener a mi familia. Deseo ser un emprendedor, pero tengo miedo a fracasar.

    Hoy desearía temerle a los vampiros, a la llorona y a los castigos de mamá. A ese monstruo que sale debajo de la cama por la noche y a dormir con las luces apagadas.

    Supongo que en unos años le tendré miedo a la muerte, a morir solo y a perder a mis seres queridos. A descubrir en el recuento de la vida que fracasé y qué no hice aquellas cosas que tanto anhelé.

    El miedo es parte de la vida. El miedo evoluciona, el miedo cambia, como cambia la vida misma.

    El ser humano que no tenga miedo, no es humano. Pero al miedo debemos obsérvalo de cerca como se observa a un a un enemigo y aprender a llevarlo a nuestro lado como a un buen amigo.

  • Segunda oportunidad

    Segunda oportunidad

    Llegué temprano a la cena, algo poco usual para mí, prefiero llegar tarde y así tener una excusa para socializar con menos personas y quedarme menos tiempo. ¿Por qué lo hago? Hace rato que dejé de darle importancia a los eventos sociales. Sin embargo hoy no podía ni quería faltar, llegué temprano. Mi amigo Pablo está celebrando que le diagnosticaron el cáncer en remisión. Le conozco desde que éramos adolescentes y sé lo difícil que ha sido esta etapa. Tienes cuarenta años, te sientes en la cima de la vida y de repente te dicen que tu vida está por terminar. Te das cuenta que no verás crecer a tus hijos. No puedo y ni quiero imaginar lo que se siente. Pero Pablo es un luchador, y como buen luchador, no se rindió. Así que llegué a celebrar.

    Me encontraba con la mujer de Pablo en la cocina, cuando le vi llegar. En realidad me sorprendí un poco, jamás pensé que le vería, pero era obvio ahora que lo pienso. Él es muy amigo de Pablo. Terminé de ayudarla a decorar unas bandejas y salimos al salón, y ahí fue cuando me vio.

    Su rostro se iluminó, abrió la boca y soltó una carcajada, para salir corriendo a abrazarme. ¡Esa mirada!, la genuina felicidad que alguien expresa cuando está feliz de verte y ha sido una sorpresa encontrarte. El frío distante que me caracteriza se disolvió, y una felicidad inexplicable se apoderó de mí. En ese momento olvidamos al resto de las personas, tomamos cada uno una copa de vino y nos sentamos a conversar. Como era una cena íntima entre amigos, nadie lo vio mal, nadie juzgó. Creo que todos podían sentir nuestra felicidad y se contagiaron de ella.

    Hablamos de todo y de nada. Cuando una persona puede leer tu mirada y ver a través de tu alma las palabras sobran. Me contó sobre un cambio profesional que decidió hacer y el riesgo que había tomado. Pude notar que estaba realizándose profesionalmente, y sentir la certeza de un hombre que está destinado al éxito. Cuando le conté de mi loco proyecto me sorprendió la cantidad de conocimiento que tenía de la materia. Sabía perfectamente de lo que hablaba. No tuve que explicar nada, la conversación fluyó por horas. No tuve que justificarme, pude ser yo misma y emocionarme como una niña al hablar con él.

    Él y yo nos conocemos desde muy jóvenes. Nos conocimos por casualidad y la vida se encarga de reencontrarnos una y otra vez. Nunca he necesitado preguntar cuándo lo volveré a ver, porque sé que le volveré a ver.

    Jamás pasó nada romántico entre nosotros, aunque siempre ha habido atracción, amistad, cariño, respeto mutuo y sobre todo una admiración muy grande, ninguno dio ese primer paso, esa primera aproximación. Yo me casé y luego me divorcié. Él se casó con una francesa y tiene una niña maravillosa. Sé que no es feliz, esa noche me preguntó —¿Cómo se sabe cuándo es el momento oportuno de divorciarse?, me encogí de hombros —El momento nunca es oportuno, sólo se sabe que ha llegado el momento, le dije.

    Por supuesto que él es un caballero y jamás entraría en detalles sobre la relación con su esposa, pero su mirada lo dijo todo. Además sé de sus problemas conyugales por su hermana, con quien tengo una bonita amistad y nos vemos al menos un par de veces al año. Su esposa no es feliz en este país, y él ama demasiado este país para marcharse. La verdad no la culpo, pero al mismo tiempo es la decisión que ella tomó al momento que dijo «sí, acepto».

    El encuentro de esa noche marcó mi vida, ya me había dado por vencida. Ya no buscaba el amor. El haber hablado con él, alguien que te comprende y está en la misma sintonía, alguien que no te juzga y que conoce tus defectos, alguien que sabes que de verdad siente aprecio por ti y no una simple lujuria u obsesión temporal. Me hizo añorar, desear, soñar.  Cuando llegas a los cuarenta años comienzas a tomar conciencia de la fragilidad de tu existencia y lo efímero que es tu paso por la vida. Sabes que llegaste a la cúspide, y ahora comienza el descenso.  

    Siempre desee una segunda oportunidad en el amor, sin embargo ahora comprendo que la segunda oportunidad consiste en abrir la mente y el corazón para permitir que las oportunidades lleguen.

    Llegó la hora de marcharse y nos despedimos con un abrazo, con la certeza que volveremos a encontrarnos.

    Y así como termina esta noche de verano, con un viento frío que nos alerta que el otoño se aproxima, así mismo nos recuerda, que aunque estemos en el verano de la vida, el otoño está cada vez más próximo.

  • La fobia

    La fobia

    Era una fría mañana de invierno, en esos lugares donde no cae la nieve, pero el frío es intenso, y cala los huesos.

    La madre se levantó como todos los días, a preparar el desayuno, y el almuerzo que su hijo debía llevar a la escuela.

    Eran las 6 de la mañana, era una mañana oscura sin un solo rayo de sol que alumbrara. El viento soplaba con intensidad. La madre se ajustó el suéter, había mucho frío. Ella deseaba con todas sus fuerzas tomarse un café, pero eso debía esperar. La comida del chico era la prioridad.

    Encendió la luz de la cocina y se enfocó en su tarea.

    Todo iba bien, la rutina era la de siempre. De repente la madre notó que los gatos estaban muy ansiosos observando por la puerta de vidrio que daba al patio trasero.

    Ahí pudo ver al perro que jugaba con una mariposa nocturna, negra como la noche y del tamaño de un pájaro pequeño. —¡Qué desagradable!— pensó la madre. La piel se le erizó y una sensación eléctrica le recorrió la espalda. Las mariposas nocturnas eran el único animal que le desagradaba, al punto de ser una fobia. Durante unas vacaciones de verano en la playa, había sacado de casa a una pequeña culebra que había entrado a la casa que alquilaban. Luego de sacarla, la había matado sin ningún problema. Pero las mariposas nocturnas la paralizaban. Las de color poseían una extraña fascinación, le atraían. Mas no estás. Estas eran negras, dejaban a su paso un polvo negro desagradable y su cuerpo era el de un gusano con alas.

    Como hipnotizada siguió observado la escena, mientras la sartén se calentaba para preparar el huevo frito del desayuno.

    La vista la horrorizaba, pero al igual que los gatos, no podía dejar de observar. El insecto parecía muerto, todo iba bien. El cachorro iba ganando, de repente el animal voló y se posó sobre la cara del perro. El perro se asustó y soltó un chillido, en ese momento se orinó, se movió unos pasos hacia atrás y defecó del miedo.

    Era tan ridículo todo, que entre el miedo, no pudo evitar soltar una carcajada, los gatos a su lado comenzaron a hacer ruidos extraños y ansiaban salir. Ella sabía que ellos eran la solución para matar a la mariposa; ellos no la dejarían con vida. Sin embargo, se corría el riesgo de que la subieran a su habitación y se la presentarán como un regalo. Se le erizaron los vellos solo de pensar el pánico que le produciría encontrar a un insecto tan desagradable en su cama. Decidió dejar las cosas así. Ya bajaría su hijo a darle de comer al perro, y le pediría que matara a la mariposa y se deshiciera de ella.

    La sartén ya estaba caliente, seguía nerviosa y no podía evitarlo. No hay nada más terrible que enfrentarse con una fobia. Lo peor es que nadie más lo comprende. Cada fobia es tan distinta e irracional, que no tiene explicación para el resto de las personas. Cascó el huevo, lo hizo con demasiada fuerza y la yema se quebró. —¡Qué desastre!— exclamó la madre, —¡Ni los huevos saldrán bien esta mañana— dijo en voz alta. Cascó el segundo y este cayó bien en la sartén.

    Prosiguió por servir el café del chico en la mesa, el zumo de naranja y el pan tostado, que por estar distraída con lo que sucedía afuera, ya se había pasado de tostado.

    En ese momento llegó el chico, sacó la taza medidora y le sirvió la ración de comida al perro.
    El perro era su obligación, y él era muy responsable.

    La madre le dio una bolsa plástica de esas que dan en el supermercado, unas toallas de papel, y le dijo, —¿ves esa mariposa?, cerciórate que esté muerta y la metes en la bolsa—, el chico asintió, para él eso no representaba ningún problema.

    La madre decidió sacar a los gatos de la cocina y cerró la puerta, algo le decía que la cosas podían salir mal y no quería tenerlos cerca, solo empeorarían todo.
    El chico le sirvió la comida al perro en el plato, tiro las toallas de papel sobre la mariposa moribunda y la pisó. El viento soplaba con intensidad, se comenzaban a formar pequeños remolinos. El cuerpo sin vida de la mariposa salió volando y se posó sobre el orín del perro.

    Eso fue demasiado para el chico, la madre observaba con horror, sabía que a partir de este momento, nada saldría bien.

    El chico se puso furioso, con esos cambios de humor tan frecuentes en los adolescentes. En un momento era el hijo condescendiente, dispuesto a prestarle apoyo a la madre, al siguiente, se puso furioso. Comenzó a lamentarse de lo injusta que era su vida. A gritos le dijo a la madre que le pasara otra bolsa y más papel. La madre le pasó lo que él solicitaba, sólo quería acabar con eso y seguir con el día normal.

    Recordó el huevo y corrió a la estufa para apagar el fuego. El huevo tenía muy mala pinta, una yema medio quebrada, la otra entera pero la clara estaba demasiado frita.

    Mientras tanto el chico comenzó a sentir más asco y la nueva bolsa plástica voló sobre las heces del perro. Eso ya no tenía compostura, el chico gritaba como desenfrenado. La madre se imaginaba lo que los vecinos podrían estar pensando. Tan solo un pequeño muro dividía los dos patios traseros.

    La madre sacó otra bolsa y más papel, el chico ya no pensaba ni actuaba racionalmente. El viento se acrecentaba y las bolsas comenzaron a volar en forma de remolino, una se estrelló contra el rostro del chico, este gritaba. La madre estaba paralizada, para ella no era un problema salir, recoger las bolsas y limpiar el excremento, el problema era la maldita mariposa. El miedo era más fuerte que ella. Sabía que el insecto estaba muerto, pero imaginar que saldría volando por el viento y que le podía caer encima la paralizaba. Tampoco le agradaba la idea de tener que meterla en la bolsa.

    La madre siguió pasándole al chico bolsas y toallas de papel. El patio era un caos, el perro corría feliz y trataba de alcanzar las bolsas como si fuese un juego. El chico cada vez perdía más la paciencia, y comenzó a decir palabras soeces. La madre observa la escena, y no podía dejar de reír ante lo ridículo de la situación. Pero el miedo la paralizaba y no podía actuar.

    De repente escuchó en la calle al hombre que recoge la basura, salió corriendo a buscarlo y le pidió ayuda. El hombre desconcertado accedió, y pronto tenía todo bajo control. Todas las bolsas, pedazos de papel y la mariposa negra se encontraban dentro de una bolsa de basura.

    La madre le ofreció una taza de café en agradecimiento, pero el hombre no aceptó, y salió corriendo de esa casa de locos. —¡Qué ridículo debe de ser todo esto para un extraño!— pensó la madre.

    El chico entro gritando y diciendo que debería de cambiarse y bañarse nuevamente antes de ir a la escuela. La madre lo envió a lavarse las manos y el rostro. Le explicó que no había tiempo si quería llegar a tiempo a la escuela. Le sirvió el desayuno.

    Los huevos daban asco, por los nervios cuando volteo el huevo sobre el plato, este cayó de cabeza y la única yema que quedaba entera, se rompió y la misma se esparció por el plato.

    El chico se sentó a la mesa y observó el desayuno que habitualmente parecía sacado de una revista de gastronomía, y hoy parecía sacado de un cuento de terror. Perdió el apetito. Se bebió el zumo de naranja y se levantó de la mesa. La madre no podía reñirlo por no comer, ella tampoco se lo hubiese comido.

    La madre le preparó un emparedado para el almuerzo.

    Él tomó sus cosas y salió de la casa, la madre lo llamó, había olvidado el suéter. A él no le importó, el chico prefería el frío, a tener que regresar a casa.

    Y de esta forma el chico se marchó. Frustrado y molesto por lo ocurrido. Sintiéndose sucio y a la vez humillado de no haber sido capaz de manejar la situación. Pero todo era culpa de su madre.

    La madre se preparó una taza de café y se quedó pensativa analizando la situación. Su hijo era un chico de ciudad, todo le daba asco. —¿Qué clase de hombre estoy criando?— se preguntó. Definitivamente no es el estereotipo del «hombre» que podrá brindar ayuda a una mujer, a un anciano o a un niño, en una situación similar. ¿Qué hacer?

    Su hijo, un chico de ciudad, acostumbrado a los aparatos electrónicos y la buena vida. Con una inteligencia muy alta, pero que sólo funcionaría en un mundo intelectual.

    Ella se juzgaba a sí misma, y se sentía completamente inútil. Había caído presa del pánico por una estúpida fobia. Ella sabía lo ridículo que era. Pero no podía controlarlo, una fobia es una fobia.

    Al final el café estaba helado, no había bebido ni un solo trago, pero no podía apartarse de sus pensamientos.