Etiqueta: impunidad

  • Doce años después

    Doce años después

    Llegó el tan ansiado para unos y tan temido para otros, 3 de septiembre. Desde hace poco más de un año, cuando el presidente Morales anunció que no renovaría el mandato de la Comisión Internacional Contra la Impunidad en Guatemala —CICIG—, no faltaron las celebraciones, las denuncias, los amparos, el enojo, el desamparo y la euforia. Sentimientos tan opuestos y encontrados, como en el estado en que deja a la sociedad guatemalteca esta comisión luego de doce años en nuestro país. 

    Muchos periodistas, analistas, juristas y tecnócratas se darán a la tarea de analizar el desempeño de la comisión y por ello no los voy a aburrir escribiendo cosas que personas más versadas y conocedoras que yo, ya han dicho o lo estarán por decir.

    Sin embargo, si quisiera hacer énfasis en el desgaste moral que deja en la sociedad guatemalteca. Sea cual sea la postura, tanto de apoyo como de desaprobación de la comisión, nos está dejando desgastados, consumidos y divididos. ¿Cómo, por qué? ¿No fue acaso en el 2015 que nos unimos todos en la plaza bajo una misma consigna? ¡No más corrupción! 

    ¿Por qué hoy entonces hay un ambiente de fatiga, cansancio, desgaste? Porque, así como la comisión nos abrió los ojos para ver la corrupción y el alcance que esta tiene en nuestra sociedad, nos hizo poner los ojos sobre la misma CICIG y darnos cuenta de que «no todo lo que brilla es oro». La comisión que fue creada para combatir la corrupción y la impunidad terminó siendo corrupta e impune, tanto o más que aquellos que decía combatir y todo esto sucedió ante la mirada vigilante de la sociedad, ¡La ironía! 

    No todos lo aceptan y no todos quieren reconocerlo, esto se debe a la división y fractura social que causó. Cuando un ente que debe de ser objetivo e independiente se politiza y toma partido como sucedió con la CICIG, es difícil encontrar un punto medio, pues siempre habrá víctimas de sus acciones, así como otros que se sienten amparados y protegidos.

    Los últimos cuatro años de la comisión los sentí de forma personal como una batalla en las trincheras. Disentir y cuestionar el trabajo de la comisión se convirtió en sinónimo de apoyar la corrupción, ¿por qué? Es el deber ciudadano cuestionar y estar vigilante, es algo que la misma comisión nos enseñó, obviamente nunca esperaron que, con sus desaciertos, la sociedad que había aprendido a abrir los ojos volcara su mirada hacia ellos. El peor error de quienes crearon la CICIG fue crear un ente que no tuviera fiscalización y que por esto mismo, en sus últimos años le rindiera culto a la personalidad del comisionado Iván Velásquez, quién gracias a su ego y falta de visión es el responsable de que la comisión se vaya hoy de nuestro país. 

    Algo positivo que nos deja la CICIG es el hecho que sí hubo gente que se pensó intocable y le tocó enfrentar a la justicia. Nunca habíamos visto caer un gobierno por corrupción y eso nos enseñó a ser vigilantes. Esa vigilancia creó en nosotros una consciencia real del alcance que tenía la corrupción en nuestro país. Nos ha hecho ver en los procesos, que un caso mal planteado y sin pruebas suficientes no nos lleva a ningún lado. También nos hizo ver las injusticias que se pueden cometer en nombre de la justicia. Y que quien manda a fin de cuentas es el pueblo, por eso considero una falacia quienes dicen que la mayoría de la población aprueba la labor de la comisión, si así fuese, hoy no se estarían yendo. Pero ellos mismos nos abrieron los ojos y fue por partes iguales, vemos los errores del gobierno y los suyos propios. 

    A la CICIG no debemos verla como un capítulo que se cierra, sino más bien como un libro que termina. Hay demasiada división, sangre, injusticias, vejaciones como para querer escribir otro capítulo. Debemos cerrarlo por el bien de nuestro país y escribir uno nuevo, en el que quizás, sí prevalezca la justicia, el imperio de la ley y el estado de derecho a la hora de combatir la corrupción y la impunidad. 

    Este artículo de fue publicado originalmente en el diario El Siglo, el 3 de septiembre de 2019. Puede ver el original acá.

  • ¿Qué está pasando?

    ¿Qué está pasando?

    Nuestro país está completamente dividido y hay tantas facciones que desean hacerse del poder que es difícil saber lo que en realidad sucede. La guerra por la desinformación ha alcanzando niveles irracionales, por lo que es muy distinguir entre lo que es verdad y lo que es manipulación. Por ejemplo, si circula el rumor de que el presidente va a pedir la expulsión de la CICIG y al mismo tiempo circulará el rumor de que se está fraguando un golpe de estado técnico contra el presidente Morales. Salen ambos grupos a gritar golpe de estado, y al final no pasa absolutamente nada. No eran más que rumores por parte de unos y otros.

    Hoy tenemos una nueva Fiscal General, la era de Thelma Aldana termina e inicia la de Consuelo Porras. La mayoría nos preguntamos, ¿qué va a suceder? Los comentarios que he escuchado sobre ella y su equipo son favorables. Todos esperamos que continúe la lucha contra la impunidad, pero más que nada, esperamos que actúe con apego a las leyes del país, al estado de derecho, a la Constitución Política de la República, y que actúe con equidad sin prestarse a juegos y presiones políticas.

    Tan pronto se dio el anuncio de su nombramiento, comenzaron a circular las opiniones encontradas, unos la felicitaban mientras que otros ya la llamaban la «fiscal de la impunidad». ¿Qué les pasa? Podemos darle al menos el beneficio de la duda, esperar un poco para poder ver cómo será su mandado y que acciones tomará antes de comenzar con las opiniones. Con esto no quiero decir que no estemos facultados para opinar. Pero una cosa muy distinta es opinar y otra aseverar, y el problema es que acá se la pasan aseverando demasiadas cosas, las cuales en su mayoría han terminado siendo falsas, creando caos y confusión entre la población.

    Versa el refrán «cuando el río truena, piedras lleva», por lo que no dudo que exista algo detrás de los rumores, tristemente la línea divisoria entre la verdad y la manipulación se hace cada día más delgada y cuesta mucho saber lo que está sucediendo. Lo más triste es ver como muchos individuos y analistas que tienen sobre sus hombros la responsabilidad de ser objetivos se prestan a un juego tan sucio.  Justo ayer comparaba los comentarios de varios de ellos y están prácticamente calcados los unos de los otros, todos enfocados en la misma agenda y en la misma dirección. Y son estos manipuladores de la verdad los primeros que salen a hablar de libertad de expresión y no dudan en llamar «netcenter», a quien opine lo contrario o a quienes los cuestionan.

    ¡Basta ya! Aprendamos a opinar aclarando que es una opinión, no aseveremos nada a menos que estemos completamente seguros de que es verdad y, sobre todo, no nos prestemos a propagar rumores. Bien podríamos dejar de compartir todo lo que nos llega por WhatsApp, analizarlo y leerlo con calma antes de que lo demos por un hecho. El problema principal de los rumores es que pueden desencadenar verdaderas crisis políticas, sociales y económicas. En una sociedad como la nuestra que atraviesa una grave crisis que no hemos sido capaces de superar, somos un blanco fácil de estos rumores que son generados para sembrar caos y manipularnos, obteniendo así el resultado deseado.

    La responsabilidad de preservar la verdad de la información es de cada uno de nosotros, aprendamos a discernir entre la verdad, una opinión y una manipulación, pero, sobre todo, no nos prestemos a ese juego burdo de quienes manipulan la opinión para conseguir sus propios fines porque sino nunca sabremos con certeza, qué está pasando.

    Este artículo de fue publicado originalmente en el diario El Siglo, el 4 de mayo de 2018. Puede ver el original acá.